miércoles, noviembre 29, 2006

Travesía Salada (Parte 3)

Estábamos sentados a la mesa los cinco, observando todos los manjares que había preparado el cocinero; lo cierto es que tenía muy buena pinta, o por lo menos eso se adivinaba por el aspecto exterior. Fue Phil el primero en comenzara degustar los platos que él mismo había cocinado. Los demás nos lanzamos a por el resto de las viandas de la mesa, al momento. Yo me decanté por unas alitas caramelizadas, aderezadas con salsa barbacoa dulce que cubría todo el fondo de la fuente. Aquello estaba sabroso.

La cerveza corría de un lado para otro. Nadie tenía menos de dos latas abiertas al mismo tiempo sobre la mesa. Era un buen comienzo del viaje y había que celebrarlo con una buena cena de bienvenida.

Nos encontrábamos todos concentrados en devorar toda aquella comida cuando de pronto sentimos un gran estruendo fuera. Nos asustamos bastante al no saber que había sido aquel espantoso ruido, hasta que Peter recordó que la tormenta ya nos habría alcanzado y que posiblemente fuera un gran trueno. De hecho, se encontraba justo sobre nosotros y ahora sí que podíamos sentir el vaivén del barco. El mar se había encrespado y el viento era fuerte; se oía silbar una y otra vez por alguna escotilla que no estuviera bien cerrada. Otro trueno estalló.

Nos dispusimos a encontrar esa escotilla abierta, ya que podría ser un peligro durante la noche si nos quedábamos todos dormidos y entrara agua por ella. Miramos cada una de ellas Peter, Jack y yo y por fin la encontramos. Alguien se había dejado mal cerrada la de subida a cubierta y estaba comenzando a entrar un poco de agua por la pequeña ranura que quedaba abierta. Una vez cerrada seguimos con la pantagruélica cena; la alegría no había desaparecido a pesar del susto inicial.

Estuvimos comiendo y bebiendo durante varias horas, tantas que ni recuerdo la hora que era cuando alguno de nosotros dijo que iba a su camarote a dormir. Lo cierto es que estábamos lo suficientemente borrachos como para si quiera saber cuál era el de cada uno. Así pues, como la gente empezaba a irse, decidí hacer lo propio y tratar de encontrar mi cama. Entre el alcohol que había bebido y el movimiento del barco con la tormenta, era harto difícil mantener la verticalidad; de hecho recuerdo que me golpeé la cabeza contra una de las paredes del pequeño pasillo. Fue lo último que recuerdo de esa noche.

A la mañana siguiente me despertaron las voces de Peter y Jack. Me encontraba tirado en el suelo del pasillo, tal y como era mi último recuerdo de la noche anterior y con un espantoso dolor de cabeza. El golpe fue tan fuerte que llegué a provocarme una pequeña herida de sangre; ya se había secado y hecho costra. Cuando me reincorporé pude ver justo el lugar de la pared donde me lastimé, había una pequeña marca de la sangre que había brotado. Un poco aturdido, avancé por el pasillo y en la cocina me encontré con Phil que estaba preparando algo de café y había sacado algunas pastillas para tratar de paliar un poco la resaca de la noche anterior.

Peter y Jack seguían vociferando dentro y fuera del barco. Me pareció que gritaban el nombre de Jim. Fue entonces cuando pregunté a Phil que ocurría y comentó que no encontraban a Jim por ninguna parte; era como si hubiera desaparecido del barco, pero el velero no era tan grande como para que pudiera haberse perdido, ni tampoco para que no le encontráramos.

Phil comentó que seguramente con la borrachera se habría caído dentro de algún baúl o estaría dormitando en alguno de los armarios de un camarote, que no había que preocuparse demasiado. Tampoco le di demasiada importancia al hecho; tal y como había dicho Phil, ya aparecería. No tenía yo la cabeza para pensar mucho.

Después de cansarse buscando por todos los lados que se les había ocurrido, Peter y Jack decidieron darse un respiro y bajaron a desayunar algo. Aún así seguían comentando dónde podría haberse metido aquel cabeza de chorlito.

La tormenta de la noche anterior había dado paso a una espléndida y soleada mañana. La brisa fresca contrarrestaba el sofocante calor del sol de mediodía y hacían la combinación perfecta para encontrarse en la cubierta del velero con la caña echada, tratando de pescar algo.

Pero en aquella aparente tranquilidad, mi mente no dejaba de pensar dónde podría estar Jim o peor aún, qué le podía haber sucedido. Cuando se fue a dormir estaba tan borracho que prácticamente no podía ni dar un paso. Siendo de ese modo, hubiese sido difícil haber subido a cubierta y haber caído por la borda sin que el resto se hubiera percatado de la situación. Decidí relajarme un poco y disfrutar del buen tiempo.

La mañana avanzaba hacia la hora de comer y no había rastro de Jim...

jueves, noviembre 23, 2006

Travesía Salada (Parte 2)

Lentamente nos alejábamos del muelle mientras cada uno ocupaba su puesto en el velero a fin de conseguir rentabilizar al máximo el viento que soplaba. Con las velas desplegadas con su mayor esplendor, nos dirigíamos hacía nuestro primer destino fijado, la isla de Nueva Caledonia. Allí pasaríamos algún día para reabastecernos de alimentos y combustible; siempre es bueno llevar a bordo por si el viento dejara de acompañarnos durante nuestra larga travesía. Peter había calculado 3 días de recorrido hasta llegar a la primera isla, así que como buenos marinos, cada uno había cogido una caña de pescar para matar el tiempo en alta mar, además de ser la opción perfecta para encontrar algo de comida fresca, porque el resto de las viandas estaban congeladas. Nos habíamos alejado lo suficiente de la costa como para no ver el muelle ni la playa que dejábamos atrás. Llevábamos una velocidad bastante alta puesto que el viento soplaba con fuerza. Aquella ligera brisa de tierra había dado paso a un torrente de aire fresco.

Estando absorto en aquella belleza del color azulado del océano, que podía divisar desde la popa del barco, sentado en mi silla para pescar, cuando escuché unos gritos que venían de la proa. Jack, Jim y Phil jaleaban a un grupo de delfines que habían aparecido delante de nuestra embarcación. Corrí hacia ellos para poder observar el espectáculo que nos estaban brindado aquellas criaturas. Era un grupo de 10 delfines, todos ellos nadando a gran velocidad y saltando fuera del agua con piruetas maravillosas. Sus lomos eran grises, y con el sol de la mañana, el reflejo del agua en sus aletas parecía convertirles en seres de níquel cuando salían a la superficie después de cada salto.

Peter se encontraba a los mandos del timón y parecía disfrutar con cada milla navegada. Incansable, no paraba un segundo para descansar; se encontraba fascinado por cómo aquella maravilla podía surcar el océano con tal ligereza y rapidez. Solamente cesó de su posición cuando Jim se acercó a él para ofrecerle una cerveza. La fiesta había comenzado; Jim había abierto la primera lata de cerveza y se acercaba la hora de la comida. Nuestro cocinero Phil se enfundó su ridículo gorro de cocina y bajó a los fogones mascullando y maldiciendo, pues no se quería perder la fiesta que habíamos montado en cubierta. Música rock en la radio y bebiendo una cerveza tras otra; el capitán tuvo que aminorar la marcha en vista del color que estaba cogiendo la escena. No era muy recomendable manejar aquel barco sin estar en plenas facultades.

Cuando íbamos por la cuarta cerveza Phil subió a cubierta repiqueteando una campanilla; era la señal que esperábamos ansiadamente, la comida estaba lista. El capitán precavido, recogió las velas para detener aún más nuestro avance y descendió al salón.

El cocinero nos había preparado un jugoso chuletón de vaca con unas patatas fritas, y por su puesto, la auténtica ensalada de Phil en el centro de la mesa. Era la típica ensalada normal con lechuga, cebolla, tomate y aceitunas, pero Phil tenía un ingrediente secreto que le daba un toque especial, la convertía sencillamente en un manjar.

Una vez sentados todos, comenzamos a saborear aquellas delicias de tierra que habíamos subido a bordo. Mientras comíamos, Phil mantenía una amena discusión sobre a quién le tocaría fregar y recoger todos los platos y cubiertos, puesto que él había sido el cocinero y como tal, su jornada terminaba al presentar los platos con la comida sobre la mesa. El resto le hacíamos caso omiso a propósito, como si no le escuchara nadie, lo cual le enojaba más, subiendo el tono y utilizando un vocabulario cada vez menos refinado. Por supuesto nosotros tratábamos de aguantarnos la risa como podíamos, hasta que por fin Jim rompió a reír y acto seguido el resto. Phil al ver aquella escena no tuvo más remedio que ponerse a reír con los demás. Finalmente decidimos entre todos que nos turnaríamos para recoger, pero que esta primera vez lo haría Jim, que para eso había sido el primero en caer aguantando la risa.

Terminada la copiosa comida, mientras Jim recogía toda la mesa, Phil prefirió subir a cubierta a tomar un poco el sol, pues se veía un poco pálido. Peter, Jack y yo nos fuimos a nuestros respectivos camarotes para echar una pequeña siesta; la cerveza y el vino de la comida estaban haciendo su labor.

Cuando desperté, lo que iba a ser una pequeña siesta se había convertido en un profundo y placentero sueño de 2 horas, y por lo que pude observar no fui el único en caer en las poderosas garras de Morfeo durante tanto tiempo.

Una vez arriba los cinco, decidimos que siendo pleno atardecer, no proseguiríamos más ese día, así que procedimos a detener completamente el velero y a prepararlo para la noche, aunque parecía totalmente en calma, la emisora marítima a primeras horas de la tarde anunciaba pequeños núcleos tormentos por nuestra zona y había que estar preparados.

Cuando tuvimos todo preparado para pasar la noche, la fiesta se trasladó al interior del velero. Phil ya había pensado el menú con el que nos deleitaría.

martes, noviembre 14, 2006

Travesía Salada

Travesía salada (primera parte)

La brisa de la mañana golpeaba nuestras caras mientras llegábamos al embarcadero en un antiguo jeep que nos habían alquilado en el pueblo. Por fin los 5 amigos de la infancia nos disponíamos a realizar el tan ansiado viaje surcando los mares a bordo de un velero. Uno de los cinco, Jim, había tenido la genial idea de montar el viaje meses atrás y el resto no nos pudimos resistir. Acordamos planificar nuestras pequeñas vacaciones juntos para poder atravesar durante 2 semanas varias islas australes. Ese había sido nuestro sueño desde que éramos niños. Pasábamos el día jugando a piratas y marinos, abordando barcos y atemorizando aldeas. Fue una época genial hasta que cada uno comenzó a marcharse a otras ciudades para comenzar sus estudios. Nos encontrábamos en un pueblo pequeño cerca de la ciudad de Bongaree, al oeste de Australia. Desde allí partiríamos para alcanzar el archipiélago de las islas australes. Nuestra primera escala sería en la isla de Nueva Caledonia.

Finalmente llegamos al embarcadero y allí nos esperaba un enorme velero de color blanco. Se podía ver en la popa ondear la bandera australiana. El brillante sol hacía resplandecer todos los objetos plateados de abordo. La imagen era maravillosa, todos nos quedamos con la boca abierta, callados, observando cada detalle de aquello que iba a ser nuestro hogar durante las dos próximas semanas.

Peter era el único de los cinco que tenía el título de capitán de barco, ya que todos sus estudios sobre ingeniería naval le habían llevado a tener algo más que pasión por el diseño de gigantescas moles flotantes. Para manejar este velero con 4 personas como tripulación era suficiente, y puesto que éramos cinco abordo, tuvimos que echar a suerte quién sería el que ocupara el maravilloso puesto de cocinero, por supuesto sin que el capitán entrara en el sorteo. Todos sabíamos manejarnos en alta mar, desde pequeños habíamos estado navegando con nuestros padres, de ahí la afición a los barcos, así que no habría mayores problemas en que uno u otro se pusiera a trabajar con los cabos, las velas y timón, pero siempre era necesario una autoridad, ese era el caso de nuestro querido y admirado Peter.

Después de tanto admirar aquella obra de ingeniería flotante, nuestro capitán se enfundó su gorra de jefe al mando y lanzó un grito al aire. Todos despertamos de la ensoñación en la que nos encontrábamos sumergidos y nos dispusimos a escucharle. Rápidamente ordenó ponernos a trabajar, lo primero era descargar todos los equipajes personales de cada uno, la comida y demás utensilios que habíamos cargado en el jeep. Parecíamos una caravana de bereberes del desierto. Lo cierto es que no llevábamos mucho equipaje personal, puesto que la ropa en una travesía de placer no sería un problema. Todo el día en bermudas y camisa, tomando el sol. Lo más importante era la crema solar y las gafas de sol, objetos imprescindibles para navegar. Por supuesto las cuchillas de afeitar se quedaron en tierra. Los cinco nos negamos a que viajaran con nosotros. Durante esas dos semanas seríamos solteros en toda regla.

Estuvimos un buen rato subiendo abordo bultos de todo tipo que nos harían falta durante nuestra larga travesía, incluidos los trajes de buceo. Teníamos pensado observar las maravillas de los arrecifes de coral hacía donde nos dirigíamos. También llevábamos una gran cantidad de carne congelada, puesto que no sólo de cerveza vive el hombre, y menos en alta mar.

Subimos el último paquete al barco y el capitán dio la orden de soltar los amarras. El viaje acababa de empezar para Peter, Jim, Jack, Phil y el que narra, Joe.

martes, octubre 10, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 5)

El Vigilante Nocturno (quinta parte)

25 Marzo 1990

Sentía como caían gotas de sudor por mi cara, recorriendo los surcos de las facciones y alguna que otra cicatriz. De pronto se hizo una sombra en mi rostro y esa máscara macabra volvió a aparecer ante mis ojos. Podía ver las pupilas dilatadas de sus ojos y notar su respiración acelerada. Se volvió a apartar de mí y la luz cegadora volvió a golpear mis ojos, no podía ver nada más que una luz blanca. Movió la lámpara para iluminar la parte derecha de mi desvencijado cuerpo y ahora sí pude observar que estaba tratando de hacer ese loco. Llevaba en la mano una especie de aspirador formado por una barra metálica larga y delgada. El cuerpo de la máquina lo llevaba colgado al cuerpo mediante una bandolera. No se me ocurría que querría hacer con semejante aparato, entonces fue cuando se volvió hacia la bandeja de elementos quirúrgicos y logró alcanzar el trepanador. Yo simplemente miraba atento cada uno de los lentos movimientos de aquel tipo, sin pensar en nada más que poder soltarme de aquel potro de tortura donde me encontraba sentado. Comencé a hacer fuerza con los brazos para tratar de arrancar las correas que me retenían y dar puntapiés al aire para liberarme las piernas, cuando ya había conseguido zafarme de la correa en mal estado de la pierna derecha sentí un dolor como nunca antes había notado, un pinchazo en el lateral derecho de mi cabeza. Había logrado clavarme el trepanador. Me retorcía de dolor mientras el sádico comenzaba otra vez su ritual de risas y alaridos.

Sacó de nuevo el instrumento para volverlo a hundir sobre el hueco que había dejado y solté otro grito de dolor al tiempo que me estremecía de nuevo. Fue tan fuerte el gesto que hice que logré saltar las correas de ambas piernas y lanzar varias patadas al aire. El monstruo estaba tan excitado con su malévolo juego que no se percató de mi liberación.

Se colocó justamente detrás de mi cabeza mientras yo gritaba de dolor. Blandiendo el trepanador, de nuevo lo situó sobre mi cabeza ajustándolo como podía, puesto que yo no paraba de moverme lo que en buena medida podía, y volvió a golpearme. Esta vez no consiguió hundir de un solo golpe la pieza, pero el dolor era insoportable. Noté que tenía los dientes destrozados de apretar mis mandíbulas. Era tal el sufrimiento que solamente quería quedarme inconsciente para evitarlo, pero ese estado no llegaba nunca.

Volvió a la carga con mi cabeza y esta vez sí consiguió su objetivo. Se escuchó un ‘clap’ y pude sentir algo viscoso saliendo de mi cabeza, posiblemente fuera parte de la materia gris del mismo. Fue tal el salto que di ante semejante herida que pude soltarme los dos brazos al mismo tiempo de las correas. Pero aquello no estaba del todo bien, no podía sentir mis extremidades, no comprendía que había pasado. De pronto salto y libero los brazos y al momento no soy capaz de controlar ninguna de mis funciones motrices. Toda esperanza se desvaneció.

Mi cuerpo no era capaz de moverse de cuello para bajo. Aquel siniestro ser había anulado por completo todas mis funciones motoras y me encontraba postrado en aquella silla y liberado de todas las correas a excepción de las de la cabeza. Fue entonces cuando se percató de la rotura de los apliques de piernas y brazos cuando se dirigió a mí riéndose como no había parado de hacer en toda la terrorífica sesión. Me dijo con voz histérica que había llegado mi hora. Se acercó a mi cara y me liberó de todas las sujeciones que me mantenían erguido, incluso accedió a quitarme la bola de goma de la boca. Cuando fui a pronunciar unas palabras para insultarle, mi lengua no era capaz de moverse al ritmo que marcaba mi mente. El muy cerdo me había quitado también la capacidad para hablar. En ese momento deseé morirme allí mismo. Me había convertido en un cuerpo inservible, un despojo humano. Ensangrentado, con espasmos nerviosos, sin poder controlar mi cuerpo y lo que era aún peor, totalmente consciente de la macabra escena. Guiaba mis ojos hacía su cara para tratar de identificarle. Tenía que descubrir quién era aquel abominable ser y por qué me estaba asesinando de aquella manera.

Seguía teniendo colgado de su cuerpo aquel extraño instrumento que no había utilizado todavía y que yo estaba rezando para que no sucediera. Sin darse cuenta pasó tan cerca de lámpara que llegó a golpearla con la parte posterior del cuerpo del aspirador, haciendo así que la lámpara se precipitase contra la mesa de operaciones que estaba junto a nosotros. Primeramente golpeó en el borde metálico de la mesa haciendo que el halógeno estallara en mil pedazos incandescentes, los cuales fueron a caer sobre un tarro con un líquido que no me dio tiempo a averiguar qué era, puesto que según cayeron los primeros pedazos ardientes de cristal el tarro se volatilizó como si de una llamarada de fuego se tratase, alcanzando todo lo que se encontraba a su alrededor. Una parte de esa llamarada logró llegar hasta la bata de aquel ser, lo que hizo que rápidamente saltara hacia detrás. La risa parecía haber dejado paso al silencio. La parte inferior de mi silla se encontraba ardiendo porque parte del líquido inflamable había saltado sobre las patas de la misma. Era capaz de sentir el abrasador calor, pero era incapaz de moverme para zafarme. Cada vez veía y notaba las llamas más cerca de la piel de mis pies. Mi torturador en uno de los gestos para tratar de quitarse de encima la bata incendiada, tropezó y fue a golpearse con el pico de la mesa de operaciones en la cabeza. Su cuerpo yacía inerte en el suelo mientras un charco de sangre crecía a su alrededor. La bata se encontraba ya completamente en llamas y el líquido vertido por el suelo inundó su cuerpo. El cuerpo se encontraba en llamas, y el mío no tardaría mucho en hacerlo.

Las llamas habían alcanzado mis pies y el dolor era estremecedor, me estaba quemando vivo y solamente podía contemplar mi final atroz sin poder hacer nada por remediarlo. Cuando el fuego me había consumido parte de las piernas, miré hacia el techo de la habitación, lancé un suspiro y justo cuando iba a bajar la cabeza, pude observar en una esquina del techo el piloto rojo de una cámara que grababa aquella dantesca escena. Me quedé mirando fijamente a la cámara, pero no pude articular palabra alguna. Mis ojos se quedaron fijados en aquel testigo silencioso mientras se consumía mi cuerpo. No pude aguantar más el dolor y me desmayé.

Fin.

viernes, septiembre 22, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 4)

24 Marzo 1990

Tras un rato de gritos desesperados desistí y me callé. Silenciosamente comencé a mirar a mí alrededor y pude reconocer la habitación donde me encontraba, era la misma en la que hallé el cuerpo sin vida el día anterior. Estaba bastante aturdido, no sabía que hacer. Atado a esa siniestra silla, la habitación en silencio y con la sola luz que emitía una gran vela blanca situada en una de las mesas.

Pasó mucho tiempo hasta que pude escuchar un ruido procedente del pasillo, alguien se acercaba muy despacio, las pisadas eran lentas y pesadas. El corazón me latía como si fuera a salirse del pecho, estaba muy acelerado. La tensión era máxima a medida que oía los pasos más y más cerca en la oscuridad. Los pasos de repente cesaron. Todo se quedó en completo silencio como antes, fue entonces cuando escuché un chasquido metálico. El sonido me recordó al que hacen las tijeras al cortar, ese tintineo de sus afiladas hojas. Algo asomaba por la puerta, a la cual me encontraba situado de frente, por lo que pude ver perfectamente al ser que entraba en la habitación. Comencé mirando sus pies, pero no pude llegar a verlos porque los pantalones eran demasiado largos para dejarlos al descubierto. Pude observar que llevaba una bata blanca como la que llevan los médicos en los hospitales. Cuando giré los ojos en las manos descubrí de donde procedía el sonido metálico que escuché anteriormente, se traba de unas enormes tijeras de podar como las que usan los jardineros. Llevaba la cara tapada por una máscara de color rojo con cuernos, parecía una especie de representación burda del diablo. Se acercó a mí despacio mientras yo le gritaba que qué estaba haciendo, qué pretendía hacer conmigo. Mucha gente estaría buscándome si al terminar mi turno no regresaba a dar parte a la central. Él simplemente me observaba, sin decir una sola palabra.

Pasó de largo y se colocó a la espalda de la silla donde estaba, entonces escuche un ruido, había abierto un cajón de una mesa y sacó algo, no pude ver lo que era. Un momento después pude sentir en mi propio cuerpo qué había cogido. Me puso una mordaza de cuero con una bola de goma en la boca, por lo visto le había sentado mal que abriera la boca. Yo seguía haciendo ruidos tratando de hablar, pero era imposible sacar alguna palabra inteligible con aquel artilugio en mi boca. Escuché un grito muy fuerte junto a mi oído derecho y paré al instante, me quedé petrificado. Acto seguido sonó un fuerte chasquido y comencé a sentir un agudo dolor en la el mismo oído del grito. La sangre comenzó a brotar a raudales y caía por el cuello y los hombros. Mi oreja se precipitó al suelo. Me había cortado la oreja derecha aquel individuo.

Estaba tan asustado y dolorido que solamente podían salir de mí lágrimas y algún que otro gemido de dolor, era incapaz de articular palabra alguna. El monstruoso ser rompió a reír, su risa era aterradora, lanzaba una especia de graznidos entre respiración y respiración. El miedo ya era algo más que palpable.

Aparte de la sangre que no paraba de salir de mi oído, gotas de sudor me recorrían el rostro para caer en mi regazo y las manos no cesaban de temblarme. De pronto, escuché otro chasquido metálico y me temía lo peor. No noté ningún tipo de dolor, no me había vuelto a lastimar. Aquel sádico estaba jugando conmigo, quería aterrorizarme aún más si cabía. Su risa cesó mientras buscaba algo revolviendo los cajones. Los sonidos no cesaban de retumbar en mi cabeza. Me estaba torturando física y mentalmente. Estuvo largo rato rebuscando en los cajones a mi espalda, para finalmente ponerse delante de mí y desplegar sobre una mesita portátil, una especie de toalla llena de instrumentos que parecían ser material quirúrgico de aquel lugar. Abrí los ojos horrorizado y comencé a balbucear.

En la toalla había todo tipo de herramientas, desde un simple y afilado escalpelo hasta un trepanador. Volvió a desaparecer por mi espalda en busca de más objetos. Sabía que si no conseguía desatarme de aquella silla estaba muerto. Aquel siniestro ser no tenía intenciones de liberarme. Me puse a pensar en un posible modo de escapar de las sujeciones de la silla, pero parecía lo suficientemente fuertes como para no poder realizar movimiento alguno para zafarse. Intenté aletear con los brazos fuertemente sin conseguir nada. Tenía otra sujeción apresándome el cuello con lo que no podía hacer muchos gestos con la cabeza, estaba parcialmente apresada. Probé a mover las piernas con fuerza y pude notar que la correa del pie derecho cedía un poco. Parecía que no había atado bien esa correa con la emoción de haber capturado su presa, a mí. Con un movimiento fuerte pude arrancar la correa del pie derecho, conseguí tener una pierna libre al menos.

No me había dado cuenta con mis intentos de fuga y ya había terminado de buscar lo que necesitaba, se había acercado lo suficiente, pero no como para haberse percatado de la liberación de mi pierna derecha. Esta vez había cogido una especie de lámpara médica como las que se usan en las observaciones rutinarias que usan los especialistas. La colocó frente a mí y la encendió. Una luz cegadora me alcanzó a los ojos, podía notar el calor del foco sobre mi cara, era muy potente.

fin cuarta parte

martes, septiembre 12, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 3)

23 Marzo 1990

Eran las 12 de la mañana y ya me encontraba en pié para realizar mis ejercicios matutinos. A pesar del miedo que pasé al comenzar la noche anterior, no volvió a ocurrir nada extraño en el lugar, por lo que pude terminar mi turno un poco más relajado de cómo lo empecé. Mientras volvía a casa, no podía parar de pensar en lo que me parecía haber visto en el sótano. Aquello me pareció tan real que no podía ser parte de mi imaginación. Una vez llegué a casa, caí exhausto de la tensión acumulada.

Pero hoy es un día distinto, he salido a correr unos kilómetros, he realizado algunas compras para la casa y me encuentro en plena forma para afrontar otra noche de trabajo en aquel sitio, que empezaba a darme escalofríos. Preparé algo de comida para la cena y me largué para el psiquiátrico con mi inseparable amigo.

Llegué a la verja principal y me detuve. En mi turno anterior la había dejado con un candado cerrada. Ahora se encontraba abierta. Me dispuse a sacar mi arma y entrar cautelosamente al recinto, no sabía qué me podía encontrar allí. Observe en el suelo de la escalinata de entrada huellas que no me pertenecían, formaban una especie de zig-zag mientras subían la escalinata. Al principio pensé que podía ser obra de los niñatos locales, que aprovechando la falta de guarda durante el día se hubieran colado para hacer chiquillerías. Crucé la puerta principal pistola en mano, apuntando de lado a lado, sin perder detalle alguno. Todo parecía en orden y no se escuchaba ruido alguno. Eso me relajó un poco. Aún así, pensé que seria conveniente recorrer el edificio en busca de gamberros, aunque anocheciendo ya, lo más probable es que se hubieran ido hacía horas. Me dirigí hacia el piso de arriba. Caminaba observando todas las puertas y rincones que tenían los pasillos, entraba en alguna habitación para cerciorarme que todo estaba en perfecto estado. El perro me acompañaba paseando sin temor alguno, no detectaba nada extraño en el ambiente y eso me reconfortaba bastante. Parecía que no íbamos a tener problemas, pero sólo lo parecía…

Una vez terminamos de inspeccionar las plantas superiores, nos dirigimos a los sótanos. El recuerdo de la noche anterior me hizo ponerme en alerta. Bajamos al primer sótano y algo había cambiado desde la noche anterior, el pestilente olor de ayer había desaparecido. No había restos de ese hedor de putrefacción. Me dirigí a la habitación en la que se encontraba el cuerpo que descubría la noche anterior y del cual había dado parte a mi jefe. No se encontraba allí ya el cuerpo. Supuse que lo habrían recogido los del depósito al haber dado el aviso esta misma mañana, pero lo extraño del caso era la rapidez con la que lo habían hecho y lo más curioso era la molestia de limpiar el olor del sitio, eso no lo hacían nunca. Pero no le di mayor importancia al asunto y recorrí la primera planta sin problemas. Bajando al segundo sótano, también me percaté de que la atmósfera estaba limpia de olores putrefactos, eso me empezaba ya a inquietar un poco más, puesto que ya era muy raro que limpiaran arriba, como para encima limpiar la parte del segundo sótano. Allí estaba ocurriendo algo anormal, pero no podía decir qué era, simplemente era mi intuición, la que tantos años me ha guiado por el buen camino. Caminaba despacio con mi compañero por el pasillo cuando de repente ladró a algo que había en la oscuridad y salió corriendo hacia donde se encontraba. Empecé a gritar apuntando con mi arma, pero no obtenía respuesta. Apuntaba hacia la oscuridad y no podía vislumbrar ninguna figura en ella, el haz de la linterna no llegaba tan lejos. Comencé a caminar muy despacio apuntando con la pistola y sin dejar de ordenar a quien estuviera allí que no se moviera o de lo contrario no dudaría en disparar a matar. Los ladridos del perro cesaron y mi corazón dio un vuelco. Solamente era capaz de escuchar los golpes de bombeo de sangre en mi cabeza, pum!, pum! pum! La tensión era muy fuerte, pero aún así tenía que averiguar que ocurría al final del pasillo. Me armé de valor y continué caminando, hablando al desconocido o desconocidos que pudieran estar allí. De pronto cuando estaba a la mitad del pasillo, escuché un golpe en una de las puertas de las salas que estaban a mi espalda y me giré ipso facto. No logré ver nada. Otro ruido volvió a sonar a mis espaldas y de nuevo me giré en el otro sentido. Aquello no me podía estar ocurriendo a mí. Mi corazón iba a estallar del miedo que estaba experimentando. El perro no ladraba y me encontraba sólo en un pasillo casi en la oscuridad, con ruidos de puertas abriéndose y cerrándose sin poder ver a nadie. El golpeo en mi cabeza era cada vez más intenso. De repente me desplomé en el suelo.

Un fuerte golpe en una puerta me despertó. Ya no me encontraba en el suelo, estaba sentado en una silla de cuero, con las manos y los tobillos atados con correas de cuero. No podía dar crédito de lo que me estaba pasando. Comencé a gritar pensando que alguien podría escucharme y acudir en mi ayuda. Mi tormento no había hecho nada más que empezar, pero yo eso aún no lo sabía.

fin tercera parte

miércoles, agosto 30, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 2)

22 Marzo 1990

La noche anterior resultó ser muy tranquila y agradable. No hubo ningún tipo de contratiempo y pude ver una de mis series favoritas de televisión junto a un café caliente que me había preparado en la vieja cafetera de la sala de vigilantes.

Estaba ya en mi segundo día de vigilancia y pensé que debía bajar a los sótanos puesto que el día anterior fue la parte que me faltó por visitar del edificio, me vendría bien familiarizarme con las plantas bajas del edificio. Mi superior me comentó que la parte de los sótanos eran laboratorios y salas de terapias que usaban para el tratamiento de los enfermos. Lancé una mirada a mi compañero canino y no me hizo falta ningún gesto más para que se levantará y me siguiera caminando. Salimos de la sala y nos dirigimos a las escalares de bajada a los sótanos, cogimos las de la izquierda. Estaba muy oscuro, y en aquella parte del edificio no había luz natural, ni tampoco eléctrica, por lo que tuve que coger mi linterna de mano y encenderla para proseguir nuestro camino. El olor era fuerte y pestilente, la mezcla del éter y los hedores de algo en descomposición atrajeron mi atención. Si había algo en pudriéndose ahí abajo, debía averiguar que era, es parte de mi trabajo. Me tape la nariz como pude con la mano contraria a la linterna, para tratar de evitar en la medida de lo posible el hedor. Azucé al perro para tratar de descubrir su procedencia, y me condujo por un pasillo estrecho lleno de puertas metálicas a ambos lados del pasillo. Podía escuchar cada uno de mis pasos retumbando en las paredes del pasillo, nunca había estado en un sitio así antes. Finalmente, mi amigo canino se detuvo delante de una de las puertas, parecía cerrada. Trate de abrirla girando el pomo, pero no funcionaba bien el mecanismo, el pomo giraba y giraba, pero sin llegar a abrir la puerta. Al Final, opté por la opción mas contundente, me separé de la puerta, dejé el perro a un lado, y golpeé fuertemente con mi pie en el mismo pomo de la puerta. La patada que lancé, hizo temblar la puerta entera y se abrió un poco. Tuve que volver a coger carrerilla y lanzar otro golpe seco y duro. Y conseguí abrirla del todo, golpeando la pared al abrirse estruendosamente. Me asomé con cuidado, y descubrí el motivo por el cual no podía abrir la puerta bien. Un mueblo parecido a un armario estaba bloqueando la puerta. Comencé a pensar cuál era el motivo de ese mueble ahí colocado y mejor aún, cómo habían podido colocarlo si la habitación aparentemente no tenía ninguna otra puerta visible. Abrí el armario con cuidado, y pude ver que había una gran cantidad de frascos y tarros de cristal llenos de fetos deformados, pulmones, cerebros y otro tipo de órganos humanos. Entonces pensé que el olor a éter y descomposición sería tal vez porque algún tarro se hubiera roto y se quedará al aire alguno de estos artículos macabros enfrascados. Estuve merodeando un rato por la habitación, tratando de encontrar otra salida de esta, puesto quien bloqueara esa puerta, debió salir por algún lugar. La habitación tenía varias camillas de hospital, y una gran mesa en el centro. Parecía una mesa de operaciones antigua. Cuando rodeaba la mesa, golpeé algo con la pierna. Pegué un salto hacia atrás del susto. Enfoqué con la linterna y vi un brazo humano colgando de la bandeja de debajo de la camilla. Me acerqué con cuidado, observando detenidamente. El cuerpo estaba en estado de descomposición. Tenía un traje de doctor puesto y se encontraba en posición fetal. Tal vez, no hubiera otra salida de la habitación, lo que ese hombre quería era que nadie entrara dentro. Aquello me empezó a inquietar un poco. De repente, el perro comenzó a gruñir hacia la puerta de entrada, y rápidamente fije la vista en ella. No me dio tiempo a ver nada más que algo parecido a una sombra que cruzaba por ella. Grite ‘Alto!’, pero no obtuve respuesta. Desenfundé mi pistola y salí con el perro al pasillo con mucho cuidado. Cuando estaba totalmente fuera, ya no había nadie en él. Estaba muy nervioso y no sabía que hacer. Supuse que habría visto mal la sombra y se habría dirigido a la siguiente planta. Fui hacia las escaleras por las que entré en esa planta, y descendí una más. Seguía habiendo un fuerte olor a putrefacción, la atmósfera allí abajo estaba incluso más cargada que la anterior. Estuve caminando a lo largo del pasillo pero no vi nada anormal. El perro seguía nervioso, y eso me alteraba aún más. Recorrimos el pasillo entero y no observé ninguna puerta abierta, de hecho sabía que todas las puertas del segundo sótano estaban todas cerradas con llaves. Yo tenía las llaves en mi sala. Tras unos minutos paseando por el pasillo, conseguimos mi amigo y yo relajarnos un poco, y la tensión desapareció. Seguramente nos confundiríamos y no veríamos nada, pero el miedo y la imaginación se contagian, incluso de las personas a los animales. Ya me había pasado con algún otro animal durante el trabajo en otros sitios. Casi sin querer, resultaba que ya había recorrido todo el edificio, con lo que ya sabía por donde hacer mi ronda. Solamente había una puerta en el sótano, en la segunda planta, que daba al exterior a través de una sinuosa escalera. Creo que era el camino para sacar los desechos que se utilizaban en medicina, jeringuillas, medicinas caducadas y otro tipo de elementos.

Era ya la hora de cenar, y después de la tensión que había sufrido, cenar era lo mejor que me podía pasar para calmarme y relajar un poco la mente. No podía estar así de nervioso en un turno completo por la noche, acabaría conmigo. Cuando conseguí llegar a la salita de recepción, me desplomé sobre el sillón, necesitaba un cigarrillo, pero justamente esa misma semana pensé que ya era hora de dejarlo. No podía ni fumar un triste cigarrillo, así que me puse a cenar para calmar mis nervios. Tenía preparado un arroz con salteado de verduras de casa, así pues lo introduje en el microondas, y cuando sonó después de calentarse, lo puse sobre la mesa y lo terminé rápidamente. Mi amigo todavía tenía comida del día anterior en su bol. Tras la comida, me llené una buena taza de café humeante. Mi noche acababa de empezar, y no parecía muy tranquilo el comienzo…


fin segunda parte