jueves, diciembre 14, 2006

Travesía Salada (Parte 4)

Me encontraba dormido en cubierta cuando el cascabel que tenía mi caña de pescar sonó. El tintineo fue muy ligero, pero el suficiente como para despertarme de mi pequeño sueño. Observé la punta de mi caña y comenzaba a doblarse hacia abajo con lentitud; parecía que había pescado algo y por la manera de arquearse parecía una pieza grande. Me levanté y agarré con firmeza la caña mientras trataba de recoger el sedal con el carrete; tenía que ser un movimiento lento pero firme para que la presa no se soltara del anzuelo. El caso es que no parecía que ofreciera mucha resistencia mi contrincante puesto que recogía sedal sin apenas oposición. Tenía ya prácticamente el hilo enrrollado cuando vi que algo asomaba por la superficie que parecía un trozo de tela de color negro. Seguí arrastrándolo hacia el barco y de pronto grité espantado. Aquello que había pescado no era un pez, ni si quiera un neumático, se trataba de nuestro desaparecido Jim. Acudieron todos donde yo me encontraba y con cara de asombro comenzaron a lanzar gritos al aire. Nadie podía creer lo que estábamos viendo con nuestros propios ojos. Jack y Peter se apresuraron en ayudarme para subir a bordo lo que quedaba de nuestro amigo. Parecía que había sido atacado por algún depredador mientras estaba en el agua y por ello, gran parte del cuerpo había desaparecido. El cadáver estaba lleno de marcas de dentelladas por la parte inferior. Solamente había quedado intacto de cadera para arriba. Decidimos que lo mejor era introducir los restos de Jim en el arcón que teníamos para la carne congelada y así tratar de mantener los restos hasta llegar a puerto y que tuviera un entierro digno.

Pasado un rato nos encontrábamos todos conmocionados sentados junto a la mesa de la cocina. Nadie era capaz de decir palabra alguna. Aquello era un duro golpe para el grupo; todos éramos como hermanos y uno de nosotros había terminado de esa manera el viaje soñado. Finalmente, nuestro capitán rompió el silencio. Comentó que lo mejor que podíamos hacer era dar media vuelta y tratar de regresar al puerto del que partimos en la costa, ya que nos encontrábamos en mitad de la travesía hasta la primera parada y en aquella pequeña isla no habría posibilidades de enviar a tierra firme el cuerpo, no siendo por barco. Todos asentimos con la cabeza y volvimos al más profundo silencio.

Pasó lentamente la tarde y llegó la noche. Seguíamos sentados alrededor de la mesa. Algunos por la tensión, se habían quedado profundamente dormidos, otros, en cambio, como Phil y yo, teníamos la mirada perdida en el infinito tratando de encontrar alguna explicación para el fatídico hecho, pero por más que me repetía la pregunta, cada vez hallaba menos respuestas y sentido a aquel asunto. ¿Cómo había podido subir a cubierta en el estado en que se encontraba, y mucho menos llegar hasta la barandilla para caer al agua?

Phil se levantó para preparar algo para cenar y consiguió hacer el suficiente ruido como para despertar al resto de compañeros. Esta vez la cena no sería una fiesta como la de la noche anterior. De hecho Phil hizo un comentario sobre que había que alimentarse aún más en los momentos de depresión y tristeza; había leído en alguna extraña revista médica que era lo que se recomendaba en estos casos. Así que todos le hicimos caso y nos pusimos a colaborar para colocar todo lo necesario en la mesa.

La cena resultó ser muy silenciosa puesto que nadie tenía ganas de hablar de lo sucedido, pero no paraba de escucharse el sonido tintineante del cristal de la botella de whisky con la que estábamos acompañando la cena. Todos teníamos muchas ganas de emborracharnos para olvidar un poco lo sucedido. Así pues, cayeron dos botellas durante la cena, con lo que al terminar nos encontrábamos demasiado alcoholizados como para recoger algo de la mesa. Decidimos permanecer sentados en el sitio hasta que se pasara un poco el efecto.

Mientras seguía bebiendo Peter, ya que él no paró ni un segundo. Todos le mirábamos con tristeza, se le veía profundamente afectado; era su amigo y todo aquello había sucedido en su barco. Cuando posó sobre la mesa la botella de whisky tras haber rellenado su vaso hasta arriba, comenzó a reírse. Comenzó siendo una pequeña carcajada, pero aquello fue dando paso a una risa histérica y fuera de control. Peter había roto de la tensión que tenía acumulada y de la risa grotesca mudó al llanto más triste que jamás había escuchado.

miércoles, noviembre 29, 2006

Travesía Salada (Parte 3)

Estábamos sentados a la mesa los cinco, observando todos los manjares que había preparado el cocinero; lo cierto es que tenía muy buena pinta, o por lo menos eso se adivinaba por el aspecto exterior. Fue Phil el primero en comenzara degustar los platos que él mismo había cocinado. Los demás nos lanzamos a por el resto de las viandas de la mesa, al momento. Yo me decanté por unas alitas caramelizadas, aderezadas con salsa barbacoa dulce que cubría todo el fondo de la fuente. Aquello estaba sabroso.

La cerveza corría de un lado para otro. Nadie tenía menos de dos latas abiertas al mismo tiempo sobre la mesa. Era un buen comienzo del viaje y había que celebrarlo con una buena cena de bienvenida.

Nos encontrábamos todos concentrados en devorar toda aquella comida cuando de pronto sentimos un gran estruendo fuera. Nos asustamos bastante al no saber que había sido aquel espantoso ruido, hasta que Peter recordó que la tormenta ya nos habría alcanzado y que posiblemente fuera un gran trueno. De hecho, se encontraba justo sobre nosotros y ahora sí que podíamos sentir el vaivén del barco. El mar se había encrespado y el viento era fuerte; se oía silbar una y otra vez por alguna escotilla que no estuviera bien cerrada. Otro trueno estalló.

Nos dispusimos a encontrar esa escotilla abierta, ya que podría ser un peligro durante la noche si nos quedábamos todos dormidos y entrara agua por ella. Miramos cada una de ellas Peter, Jack y yo y por fin la encontramos. Alguien se había dejado mal cerrada la de subida a cubierta y estaba comenzando a entrar un poco de agua por la pequeña ranura que quedaba abierta. Una vez cerrada seguimos con la pantagruélica cena; la alegría no había desaparecido a pesar del susto inicial.

Estuvimos comiendo y bebiendo durante varias horas, tantas que ni recuerdo la hora que era cuando alguno de nosotros dijo que iba a su camarote a dormir. Lo cierto es que estábamos lo suficientemente borrachos como para si quiera saber cuál era el de cada uno. Así pues, como la gente empezaba a irse, decidí hacer lo propio y tratar de encontrar mi cama. Entre el alcohol que había bebido y el movimiento del barco con la tormenta, era harto difícil mantener la verticalidad; de hecho recuerdo que me golpeé la cabeza contra una de las paredes del pequeño pasillo. Fue lo último que recuerdo de esa noche.

A la mañana siguiente me despertaron las voces de Peter y Jack. Me encontraba tirado en el suelo del pasillo, tal y como era mi último recuerdo de la noche anterior y con un espantoso dolor de cabeza. El golpe fue tan fuerte que llegué a provocarme una pequeña herida de sangre; ya se había secado y hecho costra. Cuando me reincorporé pude ver justo el lugar de la pared donde me lastimé, había una pequeña marca de la sangre que había brotado. Un poco aturdido, avancé por el pasillo y en la cocina me encontré con Phil que estaba preparando algo de café y había sacado algunas pastillas para tratar de paliar un poco la resaca de la noche anterior.

Peter y Jack seguían vociferando dentro y fuera del barco. Me pareció que gritaban el nombre de Jim. Fue entonces cuando pregunté a Phil que ocurría y comentó que no encontraban a Jim por ninguna parte; era como si hubiera desaparecido del barco, pero el velero no era tan grande como para que pudiera haberse perdido, ni tampoco para que no le encontráramos.

Phil comentó que seguramente con la borrachera se habría caído dentro de algún baúl o estaría dormitando en alguno de los armarios de un camarote, que no había que preocuparse demasiado. Tampoco le di demasiada importancia al hecho; tal y como había dicho Phil, ya aparecería. No tenía yo la cabeza para pensar mucho.

Después de cansarse buscando por todos los lados que se les había ocurrido, Peter y Jack decidieron darse un respiro y bajaron a desayunar algo. Aún así seguían comentando dónde podría haberse metido aquel cabeza de chorlito.

La tormenta de la noche anterior había dado paso a una espléndida y soleada mañana. La brisa fresca contrarrestaba el sofocante calor del sol de mediodía y hacían la combinación perfecta para encontrarse en la cubierta del velero con la caña echada, tratando de pescar algo.

Pero en aquella aparente tranquilidad, mi mente no dejaba de pensar dónde podría estar Jim o peor aún, qué le podía haber sucedido. Cuando se fue a dormir estaba tan borracho que prácticamente no podía ni dar un paso. Siendo de ese modo, hubiese sido difícil haber subido a cubierta y haber caído por la borda sin que el resto se hubiera percatado de la situación. Decidí relajarme un poco y disfrutar del buen tiempo.

La mañana avanzaba hacia la hora de comer y no había rastro de Jim...

jueves, noviembre 23, 2006

Travesía Salada (Parte 2)

Lentamente nos alejábamos del muelle mientras cada uno ocupaba su puesto en el velero a fin de conseguir rentabilizar al máximo el viento que soplaba. Con las velas desplegadas con su mayor esplendor, nos dirigíamos hacía nuestro primer destino fijado, la isla de Nueva Caledonia. Allí pasaríamos algún día para reabastecernos de alimentos y combustible; siempre es bueno llevar a bordo por si el viento dejara de acompañarnos durante nuestra larga travesía. Peter había calculado 3 días de recorrido hasta llegar a la primera isla, así que como buenos marinos, cada uno había cogido una caña de pescar para matar el tiempo en alta mar, además de ser la opción perfecta para encontrar algo de comida fresca, porque el resto de las viandas estaban congeladas. Nos habíamos alejado lo suficiente de la costa como para no ver el muelle ni la playa que dejábamos atrás. Llevábamos una velocidad bastante alta puesto que el viento soplaba con fuerza. Aquella ligera brisa de tierra había dado paso a un torrente de aire fresco.

Estando absorto en aquella belleza del color azulado del océano, que podía divisar desde la popa del barco, sentado en mi silla para pescar, cuando escuché unos gritos que venían de la proa. Jack, Jim y Phil jaleaban a un grupo de delfines que habían aparecido delante de nuestra embarcación. Corrí hacia ellos para poder observar el espectáculo que nos estaban brindado aquellas criaturas. Era un grupo de 10 delfines, todos ellos nadando a gran velocidad y saltando fuera del agua con piruetas maravillosas. Sus lomos eran grises, y con el sol de la mañana, el reflejo del agua en sus aletas parecía convertirles en seres de níquel cuando salían a la superficie después de cada salto.

Peter se encontraba a los mandos del timón y parecía disfrutar con cada milla navegada. Incansable, no paraba un segundo para descansar; se encontraba fascinado por cómo aquella maravilla podía surcar el océano con tal ligereza y rapidez. Solamente cesó de su posición cuando Jim se acercó a él para ofrecerle una cerveza. La fiesta había comenzado; Jim había abierto la primera lata de cerveza y se acercaba la hora de la comida. Nuestro cocinero Phil se enfundó su ridículo gorro de cocina y bajó a los fogones mascullando y maldiciendo, pues no se quería perder la fiesta que habíamos montado en cubierta. Música rock en la radio y bebiendo una cerveza tras otra; el capitán tuvo que aminorar la marcha en vista del color que estaba cogiendo la escena. No era muy recomendable manejar aquel barco sin estar en plenas facultades.

Cuando íbamos por la cuarta cerveza Phil subió a cubierta repiqueteando una campanilla; era la señal que esperábamos ansiadamente, la comida estaba lista. El capitán precavido, recogió las velas para detener aún más nuestro avance y descendió al salón.

El cocinero nos había preparado un jugoso chuletón de vaca con unas patatas fritas, y por su puesto, la auténtica ensalada de Phil en el centro de la mesa. Era la típica ensalada normal con lechuga, cebolla, tomate y aceitunas, pero Phil tenía un ingrediente secreto que le daba un toque especial, la convertía sencillamente en un manjar.

Una vez sentados todos, comenzamos a saborear aquellas delicias de tierra que habíamos subido a bordo. Mientras comíamos, Phil mantenía una amena discusión sobre a quién le tocaría fregar y recoger todos los platos y cubiertos, puesto que él había sido el cocinero y como tal, su jornada terminaba al presentar los platos con la comida sobre la mesa. El resto le hacíamos caso omiso a propósito, como si no le escuchara nadie, lo cual le enojaba más, subiendo el tono y utilizando un vocabulario cada vez menos refinado. Por supuesto nosotros tratábamos de aguantarnos la risa como podíamos, hasta que por fin Jim rompió a reír y acto seguido el resto. Phil al ver aquella escena no tuvo más remedio que ponerse a reír con los demás. Finalmente decidimos entre todos que nos turnaríamos para recoger, pero que esta primera vez lo haría Jim, que para eso había sido el primero en caer aguantando la risa.

Terminada la copiosa comida, mientras Jim recogía toda la mesa, Phil prefirió subir a cubierta a tomar un poco el sol, pues se veía un poco pálido. Peter, Jack y yo nos fuimos a nuestros respectivos camarotes para echar una pequeña siesta; la cerveza y el vino de la comida estaban haciendo su labor.

Cuando desperté, lo que iba a ser una pequeña siesta se había convertido en un profundo y placentero sueño de 2 horas, y por lo que pude observar no fui el único en caer en las poderosas garras de Morfeo durante tanto tiempo.

Una vez arriba los cinco, decidimos que siendo pleno atardecer, no proseguiríamos más ese día, así que procedimos a detener completamente el velero y a prepararlo para la noche, aunque parecía totalmente en calma, la emisora marítima a primeras horas de la tarde anunciaba pequeños núcleos tormentos por nuestra zona y había que estar preparados.

Cuando tuvimos todo preparado para pasar la noche, la fiesta se trasladó al interior del velero. Phil ya había pensado el menú con el que nos deleitaría.

martes, noviembre 14, 2006

Travesía Salada

Travesía salada (primera parte)

La brisa de la mañana golpeaba nuestras caras mientras llegábamos al embarcadero en un antiguo jeep que nos habían alquilado en el pueblo. Por fin los 5 amigos de la infancia nos disponíamos a realizar el tan ansiado viaje surcando los mares a bordo de un velero. Uno de los cinco, Jim, había tenido la genial idea de montar el viaje meses atrás y el resto no nos pudimos resistir. Acordamos planificar nuestras pequeñas vacaciones juntos para poder atravesar durante 2 semanas varias islas australes. Ese había sido nuestro sueño desde que éramos niños. Pasábamos el día jugando a piratas y marinos, abordando barcos y atemorizando aldeas. Fue una época genial hasta que cada uno comenzó a marcharse a otras ciudades para comenzar sus estudios. Nos encontrábamos en un pueblo pequeño cerca de la ciudad de Bongaree, al oeste de Australia. Desde allí partiríamos para alcanzar el archipiélago de las islas australes. Nuestra primera escala sería en la isla de Nueva Caledonia.

Finalmente llegamos al embarcadero y allí nos esperaba un enorme velero de color blanco. Se podía ver en la popa ondear la bandera australiana. El brillante sol hacía resplandecer todos los objetos plateados de abordo. La imagen era maravillosa, todos nos quedamos con la boca abierta, callados, observando cada detalle de aquello que iba a ser nuestro hogar durante las dos próximas semanas.

Peter era el único de los cinco que tenía el título de capitán de barco, ya que todos sus estudios sobre ingeniería naval le habían llevado a tener algo más que pasión por el diseño de gigantescas moles flotantes. Para manejar este velero con 4 personas como tripulación era suficiente, y puesto que éramos cinco abordo, tuvimos que echar a suerte quién sería el que ocupara el maravilloso puesto de cocinero, por supuesto sin que el capitán entrara en el sorteo. Todos sabíamos manejarnos en alta mar, desde pequeños habíamos estado navegando con nuestros padres, de ahí la afición a los barcos, así que no habría mayores problemas en que uno u otro se pusiera a trabajar con los cabos, las velas y timón, pero siempre era necesario una autoridad, ese era el caso de nuestro querido y admirado Peter.

Después de tanto admirar aquella obra de ingeniería flotante, nuestro capitán se enfundó su gorra de jefe al mando y lanzó un grito al aire. Todos despertamos de la ensoñación en la que nos encontrábamos sumergidos y nos dispusimos a escucharle. Rápidamente ordenó ponernos a trabajar, lo primero era descargar todos los equipajes personales de cada uno, la comida y demás utensilios que habíamos cargado en el jeep. Parecíamos una caravana de bereberes del desierto. Lo cierto es que no llevábamos mucho equipaje personal, puesto que la ropa en una travesía de placer no sería un problema. Todo el día en bermudas y camisa, tomando el sol. Lo más importante era la crema solar y las gafas de sol, objetos imprescindibles para navegar. Por supuesto las cuchillas de afeitar se quedaron en tierra. Los cinco nos negamos a que viajaran con nosotros. Durante esas dos semanas seríamos solteros en toda regla.

Estuvimos un buen rato subiendo abordo bultos de todo tipo que nos harían falta durante nuestra larga travesía, incluidos los trajes de buceo. Teníamos pensado observar las maravillas de los arrecifes de coral hacía donde nos dirigíamos. También llevábamos una gran cantidad de carne congelada, puesto que no sólo de cerveza vive el hombre, y menos en alta mar.

Subimos el último paquete al barco y el capitán dio la orden de soltar los amarras. El viaje acababa de empezar para Peter, Jim, Jack, Phil y el que narra, Joe.

martes, octubre 10, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 5)

El Vigilante Nocturno (quinta parte)

25 Marzo 1990

Sentía como caían gotas de sudor por mi cara, recorriendo los surcos de las facciones y alguna que otra cicatriz. De pronto se hizo una sombra en mi rostro y esa máscara macabra volvió a aparecer ante mis ojos. Podía ver las pupilas dilatadas de sus ojos y notar su respiración acelerada. Se volvió a apartar de mí y la luz cegadora volvió a golpear mis ojos, no podía ver nada más que una luz blanca. Movió la lámpara para iluminar la parte derecha de mi desvencijado cuerpo y ahora sí pude observar que estaba tratando de hacer ese loco. Llevaba en la mano una especie de aspirador formado por una barra metálica larga y delgada. El cuerpo de la máquina lo llevaba colgado al cuerpo mediante una bandolera. No se me ocurría que querría hacer con semejante aparato, entonces fue cuando se volvió hacia la bandeja de elementos quirúrgicos y logró alcanzar el trepanador. Yo simplemente miraba atento cada uno de los lentos movimientos de aquel tipo, sin pensar en nada más que poder soltarme de aquel potro de tortura donde me encontraba sentado. Comencé a hacer fuerza con los brazos para tratar de arrancar las correas que me retenían y dar puntapiés al aire para liberarme las piernas, cuando ya había conseguido zafarme de la correa en mal estado de la pierna derecha sentí un dolor como nunca antes había notado, un pinchazo en el lateral derecho de mi cabeza. Había logrado clavarme el trepanador. Me retorcía de dolor mientras el sádico comenzaba otra vez su ritual de risas y alaridos.

Sacó de nuevo el instrumento para volverlo a hundir sobre el hueco que había dejado y solté otro grito de dolor al tiempo que me estremecía de nuevo. Fue tan fuerte el gesto que hice que logré saltar las correas de ambas piernas y lanzar varias patadas al aire. El monstruo estaba tan excitado con su malévolo juego que no se percató de mi liberación.

Se colocó justamente detrás de mi cabeza mientras yo gritaba de dolor. Blandiendo el trepanador, de nuevo lo situó sobre mi cabeza ajustándolo como podía, puesto que yo no paraba de moverme lo que en buena medida podía, y volvió a golpearme. Esta vez no consiguió hundir de un solo golpe la pieza, pero el dolor era insoportable. Noté que tenía los dientes destrozados de apretar mis mandíbulas. Era tal el sufrimiento que solamente quería quedarme inconsciente para evitarlo, pero ese estado no llegaba nunca.

Volvió a la carga con mi cabeza y esta vez sí consiguió su objetivo. Se escuchó un ‘clap’ y pude sentir algo viscoso saliendo de mi cabeza, posiblemente fuera parte de la materia gris del mismo. Fue tal el salto que di ante semejante herida que pude soltarme los dos brazos al mismo tiempo de las correas. Pero aquello no estaba del todo bien, no podía sentir mis extremidades, no comprendía que había pasado. De pronto salto y libero los brazos y al momento no soy capaz de controlar ninguna de mis funciones motrices. Toda esperanza se desvaneció.

Mi cuerpo no era capaz de moverse de cuello para bajo. Aquel siniestro ser había anulado por completo todas mis funciones motoras y me encontraba postrado en aquella silla y liberado de todas las correas a excepción de las de la cabeza. Fue entonces cuando se percató de la rotura de los apliques de piernas y brazos cuando se dirigió a mí riéndose como no había parado de hacer en toda la terrorífica sesión. Me dijo con voz histérica que había llegado mi hora. Se acercó a mi cara y me liberó de todas las sujeciones que me mantenían erguido, incluso accedió a quitarme la bola de goma de la boca. Cuando fui a pronunciar unas palabras para insultarle, mi lengua no era capaz de moverse al ritmo que marcaba mi mente. El muy cerdo me había quitado también la capacidad para hablar. En ese momento deseé morirme allí mismo. Me había convertido en un cuerpo inservible, un despojo humano. Ensangrentado, con espasmos nerviosos, sin poder controlar mi cuerpo y lo que era aún peor, totalmente consciente de la macabra escena. Guiaba mis ojos hacía su cara para tratar de identificarle. Tenía que descubrir quién era aquel abominable ser y por qué me estaba asesinando de aquella manera.

Seguía teniendo colgado de su cuerpo aquel extraño instrumento que no había utilizado todavía y que yo estaba rezando para que no sucediera. Sin darse cuenta pasó tan cerca de lámpara que llegó a golpearla con la parte posterior del cuerpo del aspirador, haciendo así que la lámpara se precipitase contra la mesa de operaciones que estaba junto a nosotros. Primeramente golpeó en el borde metálico de la mesa haciendo que el halógeno estallara en mil pedazos incandescentes, los cuales fueron a caer sobre un tarro con un líquido que no me dio tiempo a averiguar qué era, puesto que según cayeron los primeros pedazos ardientes de cristal el tarro se volatilizó como si de una llamarada de fuego se tratase, alcanzando todo lo que se encontraba a su alrededor. Una parte de esa llamarada logró llegar hasta la bata de aquel ser, lo que hizo que rápidamente saltara hacia detrás. La risa parecía haber dejado paso al silencio. La parte inferior de mi silla se encontraba ardiendo porque parte del líquido inflamable había saltado sobre las patas de la misma. Era capaz de sentir el abrasador calor, pero era incapaz de moverme para zafarme. Cada vez veía y notaba las llamas más cerca de la piel de mis pies. Mi torturador en uno de los gestos para tratar de quitarse de encima la bata incendiada, tropezó y fue a golpearse con el pico de la mesa de operaciones en la cabeza. Su cuerpo yacía inerte en el suelo mientras un charco de sangre crecía a su alrededor. La bata se encontraba ya completamente en llamas y el líquido vertido por el suelo inundó su cuerpo. El cuerpo se encontraba en llamas, y el mío no tardaría mucho en hacerlo.

Las llamas habían alcanzado mis pies y el dolor era estremecedor, me estaba quemando vivo y solamente podía contemplar mi final atroz sin poder hacer nada por remediarlo. Cuando el fuego me había consumido parte de las piernas, miré hacia el techo de la habitación, lancé un suspiro y justo cuando iba a bajar la cabeza, pude observar en una esquina del techo el piloto rojo de una cámara que grababa aquella dantesca escena. Me quedé mirando fijamente a la cámara, pero no pude articular palabra alguna. Mis ojos se quedaron fijados en aquel testigo silencioso mientras se consumía mi cuerpo. No pude aguantar más el dolor y me desmayé.

Fin.

viernes, septiembre 22, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 4)

24 Marzo 1990

Tras un rato de gritos desesperados desistí y me callé. Silenciosamente comencé a mirar a mí alrededor y pude reconocer la habitación donde me encontraba, era la misma en la que hallé el cuerpo sin vida el día anterior. Estaba bastante aturdido, no sabía que hacer. Atado a esa siniestra silla, la habitación en silencio y con la sola luz que emitía una gran vela blanca situada en una de las mesas.

Pasó mucho tiempo hasta que pude escuchar un ruido procedente del pasillo, alguien se acercaba muy despacio, las pisadas eran lentas y pesadas. El corazón me latía como si fuera a salirse del pecho, estaba muy acelerado. La tensión era máxima a medida que oía los pasos más y más cerca en la oscuridad. Los pasos de repente cesaron. Todo se quedó en completo silencio como antes, fue entonces cuando escuché un chasquido metálico. El sonido me recordó al que hacen las tijeras al cortar, ese tintineo de sus afiladas hojas. Algo asomaba por la puerta, a la cual me encontraba situado de frente, por lo que pude ver perfectamente al ser que entraba en la habitación. Comencé mirando sus pies, pero no pude llegar a verlos porque los pantalones eran demasiado largos para dejarlos al descubierto. Pude observar que llevaba una bata blanca como la que llevan los médicos en los hospitales. Cuando giré los ojos en las manos descubrí de donde procedía el sonido metálico que escuché anteriormente, se traba de unas enormes tijeras de podar como las que usan los jardineros. Llevaba la cara tapada por una máscara de color rojo con cuernos, parecía una especie de representación burda del diablo. Se acercó a mí despacio mientras yo le gritaba que qué estaba haciendo, qué pretendía hacer conmigo. Mucha gente estaría buscándome si al terminar mi turno no regresaba a dar parte a la central. Él simplemente me observaba, sin decir una sola palabra.

Pasó de largo y se colocó a la espalda de la silla donde estaba, entonces escuche un ruido, había abierto un cajón de una mesa y sacó algo, no pude ver lo que era. Un momento después pude sentir en mi propio cuerpo qué había cogido. Me puso una mordaza de cuero con una bola de goma en la boca, por lo visto le había sentado mal que abriera la boca. Yo seguía haciendo ruidos tratando de hablar, pero era imposible sacar alguna palabra inteligible con aquel artilugio en mi boca. Escuché un grito muy fuerte junto a mi oído derecho y paré al instante, me quedé petrificado. Acto seguido sonó un fuerte chasquido y comencé a sentir un agudo dolor en la el mismo oído del grito. La sangre comenzó a brotar a raudales y caía por el cuello y los hombros. Mi oreja se precipitó al suelo. Me había cortado la oreja derecha aquel individuo.

Estaba tan asustado y dolorido que solamente podían salir de mí lágrimas y algún que otro gemido de dolor, era incapaz de articular palabra alguna. El monstruoso ser rompió a reír, su risa era aterradora, lanzaba una especia de graznidos entre respiración y respiración. El miedo ya era algo más que palpable.

Aparte de la sangre que no paraba de salir de mi oído, gotas de sudor me recorrían el rostro para caer en mi regazo y las manos no cesaban de temblarme. De pronto, escuché otro chasquido metálico y me temía lo peor. No noté ningún tipo de dolor, no me había vuelto a lastimar. Aquel sádico estaba jugando conmigo, quería aterrorizarme aún más si cabía. Su risa cesó mientras buscaba algo revolviendo los cajones. Los sonidos no cesaban de retumbar en mi cabeza. Me estaba torturando física y mentalmente. Estuvo largo rato rebuscando en los cajones a mi espalda, para finalmente ponerse delante de mí y desplegar sobre una mesita portátil, una especie de toalla llena de instrumentos que parecían ser material quirúrgico de aquel lugar. Abrí los ojos horrorizado y comencé a balbucear.

En la toalla había todo tipo de herramientas, desde un simple y afilado escalpelo hasta un trepanador. Volvió a desaparecer por mi espalda en busca de más objetos. Sabía que si no conseguía desatarme de aquella silla estaba muerto. Aquel siniestro ser no tenía intenciones de liberarme. Me puse a pensar en un posible modo de escapar de las sujeciones de la silla, pero parecía lo suficientemente fuertes como para no poder realizar movimiento alguno para zafarse. Intenté aletear con los brazos fuertemente sin conseguir nada. Tenía otra sujeción apresándome el cuello con lo que no podía hacer muchos gestos con la cabeza, estaba parcialmente apresada. Probé a mover las piernas con fuerza y pude notar que la correa del pie derecho cedía un poco. Parecía que no había atado bien esa correa con la emoción de haber capturado su presa, a mí. Con un movimiento fuerte pude arrancar la correa del pie derecho, conseguí tener una pierna libre al menos.

No me había dado cuenta con mis intentos de fuga y ya había terminado de buscar lo que necesitaba, se había acercado lo suficiente, pero no como para haberse percatado de la liberación de mi pierna derecha. Esta vez había cogido una especie de lámpara médica como las que se usan en las observaciones rutinarias que usan los especialistas. La colocó frente a mí y la encendió. Una luz cegadora me alcanzó a los ojos, podía notar el calor del foco sobre mi cara, era muy potente.

fin cuarta parte

martes, septiembre 12, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 3)

23 Marzo 1990

Eran las 12 de la mañana y ya me encontraba en pié para realizar mis ejercicios matutinos. A pesar del miedo que pasé al comenzar la noche anterior, no volvió a ocurrir nada extraño en el lugar, por lo que pude terminar mi turno un poco más relajado de cómo lo empecé. Mientras volvía a casa, no podía parar de pensar en lo que me parecía haber visto en el sótano. Aquello me pareció tan real que no podía ser parte de mi imaginación. Una vez llegué a casa, caí exhausto de la tensión acumulada.

Pero hoy es un día distinto, he salido a correr unos kilómetros, he realizado algunas compras para la casa y me encuentro en plena forma para afrontar otra noche de trabajo en aquel sitio, que empezaba a darme escalofríos. Preparé algo de comida para la cena y me largué para el psiquiátrico con mi inseparable amigo.

Llegué a la verja principal y me detuve. En mi turno anterior la había dejado con un candado cerrada. Ahora se encontraba abierta. Me dispuse a sacar mi arma y entrar cautelosamente al recinto, no sabía qué me podía encontrar allí. Observe en el suelo de la escalinata de entrada huellas que no me pertenecían, formaban una especie de zig-zag mientras subían la escalinata. Al principio pensé que podía ser obra de los niñatos locales, que aprovechando la falta de guarda durante el día se hubieran colado para hacer chiquillerías. Crucé la puerta principal pistola en mano, apuntando de lado a lado, sin perder detalle alguno. Todo parecía en orden y no se escuchaba ruido alguno. Eso me relajó un poco. Aún así, pensé que seria conveniente recorrer el edificio en busca de gamberros, aunque anocheciendo ya, lo más probable es que se hubieran ido hacía horas. Me dirigí hacia el piso de arriba. Caminaba observando todas las puertas y rincones que tenían los pasillos, entraba en alguna habitación para cerciorarme que todo estaba en perfecto estado. El perro me acompañaba paseando sin temor alguno, no detectaba nada extraño en el ambiente y eso me reconfortaba bastante. Parecía que no íbamos a tener problemas, pero sólo lo parecía…

Una vez terminamos de inspeccionar las plantas superiores, nos dirigimos a los sótanos. El recuerdo de la noche anterior me hizo ponerme en alerta. Bajamos al primer sótano y algo había cambiado desde la noche anterior, el pestilente olor de ayer había desaparecido. No había restos de ese hedor de putrefacción. Me dirigí a la habitación en la que se encontraba el cuerpo que descubría la noche anterior y del cual había dado parte a mi jefe. No se encontraba allí ya el cuerpo. Supuse que lo habrían recogido los del depósito al haber dado el aviso esta misma mañana, pero lo extraño del caso era la rapidez con la que lo habían hecho y lo más curioso era la molestia de limpiar el olor del sitio, eso no lo hacían nunca. Pero no le di mayor importancia al asunto y recorrí la primera planta sin problemas. Bajando al segundo sótano, también me percaté de que la atmósfera estaba limpia de olores putrefactos, eso me empezaba ya a inquietar un poco más, puesto que ya era muy raro que limpiaran arriba, como para encima limpiar la parte del segundo sótano. Allí estaba ocurriendo algo anormal, pero no podía decir qué era, simplemente era mi intuición, la que tantos años me ha guiado por el buen camino. Caminaba despacio con mi compañero por el pasillo cuando de repente ladró a algo que había en la oscuridad y salió corriendo hacia donde se encontraba. Empecé a gritar apuntando con mi arma, pero no obtenía respuesta. Apuntaba hacia la oscuridad y no podía vislumbrar ninguna figura en ella, el haz de la linterna no llegaba tan lejos. Comencé a caminar muy despacio apuntando con la pistola y sin dejar de ordenar a quien estuviera allí que no se moviera o de lo contrario no dudaría en disparar a matar. Los ladridos del perro cesaron y mi corazón dio un vuelco. Solamente era capaz de escuchar los golpes de bombeo de sangre en mi cabeza, pum!, pum! pum! La tensión era muy fuerte, pero aún así tenía que averiguar que ocurría al final del pasillo. Me armé de valor y continué caminando, hablando al desconocido o desconocidos que pudieran estar allí. De pronto cuando estaba a la mitad del pasillo, escuché un golpe en una de las puertas de las salas que estaban a mi espalda y me giré ipso facto. No logré ver nada. Otro ruido volvió a sonar a mis espaldas y de nuevo me giré en el otro sentido. Aquello no me podía estar ocurriendo a mí. Mi corazón iba a estallar del miedo que estaba experimentando. El perro no ladraba y me encontraba sólo en un pasillo casi en la oscuridad, con ruidos de puertas abriéndose y cerrándose sin poder ver a nadie. El golpeo en mi cabeza era cada vez más intenso. De repente me desplomé en el suelo.

Un fuerte golpe en una puerta me despertó. Ya no me encontraba en el suelo, estaba sentado en una silla de cuero, con las manos y los tobillos atados con correas de cuero. No podía dar crédito de lo que me estaba pasando. Comencé a gritar pensando que alguien podría escucharme y acudir en mi ayuda. Mi tormento no había hecho nada más que empezar, pero yo eso aún no lo sabía.

fin tercera parte

miércoles, agosto 30, 2006

El Vigilante Nocturno (Parte 2)

22 Marzo 1990

La noche anterior resultó ser muy tranquila y agradable. No hubo ningún tipo de contratiempo y pude ver una de mis series favoritas de televisión junto a un café caliente que me había preparado en la vieja cafetera de la sala de vigilantes.

Estaba ya en mi segundo día de vigilancia y pensé que debía bajar a los sótanos puesto que el día anterior fue la parte que me faltó por visitar del edificio, me vendría bien familiarizarme con las plantas bajas del edificio. Mi superior me comentó que la parte de los sótanos eran laboratorios y salas de terapias que usaban para el tratamiento de los enfermos. Lancé una mirada a mi compañero canino y no me hizo falta ningún gesto más para que se levantará y me siguiera caminando. Salimos de la sala y nos dirigimos a las escalares de bajada a los sótanos, cogimos las de la izquierda. Estaba muy oscuro, y en aquella parte del edificio no había luz natural, ni tampoco eléctrica, por lo que tuve que coger mi linterna de mano y encenderla para proseguir nuestro camino. El olor era fuerte y pestilente, la mezcla del éter y los hedores de algo en descomposición atrajeron mi atención. Si había algo en pudriéndose ahí abajo, debía averiguar que era, es parte de mi trabajo. Me tape la nariz como pude con la mano contraria a la linterna, para tratar de evitar en la medida de lo posible el hedor. Azucé al perro para tratar de descubrir su procedencia, y me condujo por un pasillo estrecho lleno de puertas metálicas a ambos lados del pasillo. Podía escuchar cada uno de mis pasos retumbando en las paredes del pasillo, nunca había estado en un sitio así antes. Finalmente, mi amigo canino se detuvo delante de una de las puertas, parecía cerrada. Trate de abrirla girando el pomo, pero no funcionaba bien el mecanismo, el pomo giraba y giraba, pero sin llegar a abrir la puerta. Al Final, opté por la opción mas contundente, me separé de la puerta, dejé el perro a un lado, y golpeé fuertemente con mi pie en el mismo pomo de la puerta. La patada que lancé, hizo temblar la puerta entera y se abrió un poco. Tuve que volver a coger carrerilla y lanzar otro golpe seco y duro. Y conseguí abrirla del todo, golpeando la pared al abrirse estruendosamente. Me asomé con cuidado, y descubrí el motivo por el cual no podía abrir la puerta bien. Un mueblo parecido a un armario estaba bloqueando la puerta. Comencé a pensar cuál era el motivo de ese mueble ahí colocado y mejor aún, cómo habían podido colocarlo si la habitación aparentemente no tenía ninguna otra puerta visible. Abrí el armario con cuidado, y pude ver que había una gran cantidad de frascos y tarros de cristal llenos de fetos deformados, pulmones, cerebros y otro tipo de órganos humanos. Entonces pensé que el olor a éter y descomposición sería tal vez porque algún tarro se hubiera roto y se quedará al aire alguno de estos artículos macabros enfrascados. Estuve merodeando un rato por la habitación, tratando de encontrar otra salida de esta, puesto quien bloqueara esa puerta, debió salir por algún lugar. La habitación tenía varias camillas de hospital, y una gran mesa en el centro. Parecía una mesa de operaciones antigua. Cuando rodeaba la mesa, golpeé algo con la pierna. Pegué un salto hacia atrás del susto. Enfoqué con la linterna y vi un brazo humano colgando de la bandeja de debajo de la camilla. Me acerqué con cuidado, observando detenidamente. El cuerpo estaba en estado de descomposición. Tenía un traje de doctor puesto y se encontraba en posición fetal. Tal vez, no hubiera otra salida de la habitación, lo que ese hombre quería era que nadie entrara dentro. Aquello me empezó a inquietar un poco. De repente, el perro comenzó a gruñir hacia la puerta de entrada, y rápidamente fije la vista en ella. No me dio tiempo a ver nada más que algo parecido a una sombra que cruzaba por ella. Grite ‘Alto!’, pero no obtuve respuesta. Desenfundé mi pistola y salí con el perro al pasillo con mucho cuidado. Cuando estaba totalmente fuera, ya no había nadie en él. Estaba muy nervioso y no sabía que hacer. Supuse que habría visto mal la sombra y se habría dirigido a la siguiente planta. Fui hacia las escaleras por las que entré en esa planta, y descendí una más. Seguía habiendo un fuerte olor a putrefacción, la atmósfera allí abajo estaba incluso más cargada que la anterior. Estuve caminando a lo largo del pasillo pero no vi nada anormal. El perro seguía nervioso, y eso me alteraba aún más. Recorrimos el pasillo entero y no observé ninguna puerta abierta, de hecho sabía que todas las puertas del segundo sótano estaban todas cerradas con llaves. Yo tenía las llaves en mi sala. Tras unos minutos paseando por el pasillo, conseguimos mi amigo y yo relajarnos un poco, y la tensión desapareció. Seguramente nos confundiríamos y no veríamos nada, pero el miedo y la imaginación se contagian, incluso de las personas a los animales. Ya me había pasado con algún otro animal durante el trabajo en otros sitios. Casi sin querer, resultaba que ya había recorrido todo el edificio, con lo que ya sabía por donde hacer mi ronda. Solamente había una puerta en el sótano, en la segunda planta, que daba al exterior a través de una sinuosa escalera. Creo que era el camino para sacar los desechos que se utilizaban en medicina, jeringuillas, medicinas caducadas y otro tipo de elementos.

Era ya la hora de cenar, y después de la tensión que había sufrido, cenar era lo mejor que me podía pasar para calmarme y relajar un poco la mente. No podía estar así de nervioso en un turno completo por la noche, acabaría conmigo. Cuando conseguí llegar a la salita de recepción, me desplomé sobre el sillón, necesitaba un cigarrillo, pero justamente esa misma semana pensé que ya era hora de dejarlo. No podía ni fumar un triste cigarrillo, así que me puse a cenar para calmar mis nervios. Tenía preparado un arroz con salteado de verduras de casa, así pues lo introduje en el microondas, y cuando sonó después de calentarse, lo puse sobre la mesa y lo terminé rápidamente. Mi amigo todavía tenía comida del día anterior en su bol. Tras la comida, me llené una buena taza de café humeante. Mi noche acababa de empezar, y no parecía muy tranquilo el comienzo…


fin segunda parte

miércoles, agosto 23, 2006

El Vigilante Nocturno

21 Marzo 1990

Yo no quería mudarme de ciudad, pero por motivos de trabajo no me quedó otra opción que trasladarme. Soy guarda jurado. Mi trabajo es bastante monótono, y sobretodo los largos turnos nocturnos llenos de café y aburridas caminatas. Me enviaron a custodiar un antiguo edificio que iban a rehabilitar para convertirlo en un hospital. Mi trabajo consistía básicamente en evitar que se colaran dentro mendigos, juerguistas y cualquier otro tipo de gente con ganas de armar jaleo. Así que preparé las maletas y me largué a toda prisa de mi apartamento.

Cuando llegué a mi nuevo hogar, me personé en la oficina de mi superior tras pasar por mi nuevo apartamento para dejar mi equipaje. Me asignaron un compañero poco usual para mí, era un perro. Un pastor alemán con mirada simpática que no dejaba de mover el rabo de izquierda a derecha. Rápidamente nos hicimos amigos, era muy sociable. Sería mi compañero para mis turnos de noche en el edificio. Tras las instrucciones precisas de mi superior, llevé al perro hasta el jeep y nos pusimos en marcha hacia el edificio. El sitio estaba en lo alto de una pequeña montaña rodeada de un tupido bosque de pinos, hasta donde llegaba una sinuosa carretera llena de baches. La carretera no llegaba hasta arriba del todo, tuve que dejar el jeep en un paraje situado a unos 2 kilómetros del edificio. Después de la caminata a pie con el perro y mi mochila, encontré una gran verja de hierro muy alta, era la puerta del complejo. En un cartel se podía advertir que aquello era una propiedad privada y estaba prohibido el paso a toda persona que no fuera del centro. Había sido un psiquiátrico durante los años de la Guerra Civil, pero lo cerraron por causas desconocidas en la época de los años cincuenta. Cruzamos la verja, soltó un gran chirrido que hizo elevarse una bandada de cuervos que estaban en el patio frente al edificio. El perro salió corriendo tras ellos pero no alcanzó ninguno. Le llamé, se acercó de nuevo corriendo, era un perro muy bien adiestrado y no tendría ningún problema al respecto.

Seguimos avanzando hacia la puerta principal, me habían dicho que me debería de instalar en la garita que encontraría en la misma entrada, lo que era la antigua recepción del psiquiátrico. Para entrar por la puerta principal había que subir unas quejumbrosas escaleras, muy deterioradas por el viento y la lluvia. El centro se cerró hacía muchos años, era normal el estado de deterioro que se podía observar. La fachada era de piedra de granito, con muchas ventanas de madera, las cuales estaban desconchadas en su mayoría. La entrada parecía un pequeño porche de madera con unas columnas de piedra en sus flancos. En su época de esplendor debió ser muy impresionante, ya que era una gigantesca edificación de piedra. Pasamos dentro, la puerta estaba sin llave y tan sólo había que empujarla para pasar al interior. El suelo era de madera, se podía oír cada pisada junto con un crujido. En el interior había un silencio aterrador, un escalofrío me recorrió la espalda en el hall. Rápidamente me dejé de ensoñaciones y me dirigí con mi mochila al interior de la secretaría, tenía que aprovechar la poca luz que quedaba, puesto que anochecía, para dar una vuelta por el lugar y familiarizarme con él lo antes posible. En la secretaría me habían colocado una cama y una televisión con una antena de cuernos. Si quería podía utilizar el cuarto de baño que había justo enfrente de la secretaría, cruzando el hall, lo habían habilitado para los guardias de seguridad. También disponíamos de un pequeño frigorífico, donde podíamos guardar algo de comida y alguna bebida, pero nada de cervezas, porque nos tenían prohibido el alcohol durante las rondas, aunque siempre se podía conseguir alguna para beber relajadamente.

Cuando coloqué las cosas de mi mochila en la pequeña taquilla que teníamos, me dirigí con mi nuevo compañero al hall. Frente a la puerta de la entrada tenía un ascensor que estaba sin conectar, ya que el edificio no disponía de electricidad, a excepción de nuestras dependencias, para las que usábamos un generador de gasoil. Existían también unas escaleras flanqueando el ascensor, que subían por todas las plantas. El edificio tenía 3 plantas más dos sótanos. Me encaminé por la escalera de la derecha para subir al primer piso. Era una escalera de mármol, muy lujosa, con barandilla de madera noble. Las paredes eran de un blanco espectral, llenas de telarañas por todos los sitios, lo que denotaba que no había pasado por ahí nadie en mucho tiempo. De hecho, las únicas personas que paseaban por el lugar eran los guardias de seguridad y no se pondrían a limpiar por muy aburridos que estuvieran. Conseguí llegar al primer piso, era un largo pasillo con puertas en uno de los lados, la mayoría de ellas eran habitaciones, otras eran cuartos de materiales de los enfermeros y algún que otro aseo. Las plantas del edificio, a excepción de la baja, formaban un cuadrado con un gran patio interior. Podía ver el resto de los pasillos desde donde estaba, ya que todos los pasillos de todas las plantas daban al patio interior. En el patio había una gran fuente con una estatua en el centro, y algo parecido a un pozo en una de las esquinas. Las hierbas estaban muy altas, no había árboles. Descubrí andando por los pasillos, que había más escaleras para subir al resto de las plantas, de hecho, había una por cada lado del cuadrado, menos en la principal que eran dos. Pude ver camillas en los pasillos y algunos objetos de la época por el suelo, como si el edificio hubiera sido abandonado a toda prisa y todo el mundo dejara lo que tenía en las manos para huir. Caminé durante unas dos horas por todas las plantas superiores del edificio, la noche cayó y decidí continuar mi inspección por las plantas del sótano al día siguiente, con lo que había visto era suficiente para hacerme una idea del lugar que tenía que custodiar. Era ya la hora de cenar, me esperaba un tierno pollo asado que tendría que calentar en el microondas de mi particular cuartel general. Una vez hube degustado la sabrosa cena, y el perro sus galletas para perros, nos pusimos en marcha. La noche era apacible y el viento ululaba pausadamente.

fin primera parte

miércoles, mayo 31, 2006

El Sabor de la Sangre (Parte 4)

Mi sueño se desvaneció de repente. Me veía en una isla paradisíaca, sentado en la playa mirando hacia la infinidad del mar. Una gran ola apareció acercándose a gran velocidad y me atrapó antes de que pudiera echar a correr hacia el interior de la isla. Me desperté súbitamente. Abrí los ojos, pero todo estaba muy oscuro, pensé que todavía no había amanecido, y no me preocupé mucho de encender la luz de la mesita. Noté un pequeño picor en la nariz, y cuando me llevé la mano a la cara para rascarme, me pude percatar que estaba vestido. Qué demonios hacía yo con ropa y metido en mi cama, me pregunté. Por el tacto pude adivinar que se trataba de uno de mis trajes, además, por el tipo de tela me di cuenta que era uno de los buenos.
Lo último que recordaba antes de dormir, era la sopa fría que me sentó mal, y posteriormente mi cuerpo tendido en la cama a la espera de empezar a soñar. No podía entender qué hacía vestido con semejante traje en la cama, era imposible. Pensé que ya era hora de saber qué había pasado, saldría de mi cuarto y buscaría a Alfred y Matilde para ver si ellos pudieran darme una respuesta. Cuando me fui a reincorporar, mi cabeza se estrelló contra algo muy duro y me desplomé en la cama de nuevo. Menudo golpe había recibido. ¿Qué había sido aquello?, me pregunté. Ahora lo que hice fue levantar primero las manos hacia arriba y palpar con cuidado, otro choque así y acabaría haciéndome verdadero daño. Empecé a palpar con cuidado, era una superficie plana, no estaba fría, y era muy suave. A medida que palpaba más y más, comenzaba a inquietarme esa situación, no sabía ya dónde me encontraba ni por qué. Seguí investigando y averigüé que la superficie era madera, estaba pulida y parecía muy resistente. Notaba que comenzaba a faltarme un poco el aire, y mi respiración se hacía más lenta y pesada. Una idea comenzó a rondarme la cabeza y eso me inquietaba bastante. ¿Tal vez había sido enterrado en vida?, eso es absurdo, Alfred y Matilde nunca lo consentirían. En un momento dado, el pánico se apoderó de mí, y comencé a golpear con fuerza la madera que tenía sobre mí, pero no obtenía respuesta. Así estuve durante un largo período de tiempo, hasta que me cansé de aporrear y no obtener ningún resultado.
De repente aprecié un olor a tierra húmeda, mis últimas esperanzas se desvanecieron. No había duda, me habían enterrado vivo, y cada vez me quedaba menos aire. La situación era desesperada, pero qué podía hacer yo. Golpeé fuerte de nuevo la madera, estaba encolerizado, y siempre obtenía la misma respuesta, el silencio, el silencio de la muerte. Veía como se apagaba mi vida y no podía hacer nada para evitarlo, era una situación de frustración y rabia al mismo tiempo. Era ridículo acabar así la vida de un ser humano, mi vida. Decidí parar, puesto que estaba exhausto del esfuerzo por intentar liberarme de la madera, y esperar que la muerte viniera a buscarme cuando el aire se terminara. No sé cuánto tiempo estuve allí tumbado, inmóvil, mirando hacia la oscuridad, pero lo cierto es que el aire no terminaba nunca de acabarse, y yo me sentía cada vez mejor. La falta de oxígeno me hizo entrar en un estado placentero, que agradecí; Estaba semi inconsciente.
Finalmente, el aire se acabó y quedé sumido en un eterno sueño del que nunca llegué a despertar...

Os preguntaréis cómo podéis estar leyendo esta historia, puesto que morí enterrado vivo. Pero para eso necesitaría escribir otra historia como esta. Solamente puedo contaros que realmente no había muerto, era un proceso intermedio entre el ser vivo y el ser inmortal en que me he convertido. Ahora me dedico a vagar por la noche en busca de sangre humana para satisfacer mi sed...

viernes, marzo 31, 2006

El Sabor de la Sangre (Parte 3)

Brrrrrrrrrr!Brrrrrrrrrrr! Me despertó el sonido del timbre maltrecho de la puerta principal. Yacía en el suelo del cuarto de baño. No sabría decir el tiempo que estuve allí tirado, pero fue el suficiente como para saber que me dolía todo el cuerpo del frío suelo. Trate de reincorporarme para abrir la puerta, puesto que el timbre seguía sonando estruendosamente, la cabeza me iba a estallar. Conseguí aferrarme al lavabo y me dispuse a caminar rumbo al piso de abajo. Mientras seguían llamando al timbre, sentía cada vez un dolor mas intenso en mi sien. Lancé un grito para que cesaran de llamar, y paró al instante. Me costó bastante bajar las escaleras, me sentía muy débil. Finalmente alcance la puerta y la abrí. Me alcanzó un rayo de sol en plena frente, y empecé a notar que me quemaba. Volví a meter la cabeza dentro de casa mientras lanzaba un quejido. Yo ni siquiera había reparado en mirar quién era quien había llamado tan insistentemente a la puerta. Resultaron ser el ama de llaves y su marido. Estaban bastante asustados por mi estado. Era domingo, y como todos los domingos, solía bajar al pueblo para escuchar la primera misa, y ese día había faltado, lo cual no era normal. Cruzaron el umbral los dos, y se acercaron para verme mejor. Yo seguía encogido quejándome por la quemazón que me había producido el débil rayo de sol. Se pusieron a hablar entre ellos sobre mi estado de salud, y dijeron que pasarían el día entero cuidándome, que no tenía buen aspecto. Era su día libre, y aún así decidieron pasarlo conmigo. Son los dos muy buenas personas, gente decente y amable. Me criaron de pequeño, y todavía siguen conmigo como el primer día.
Decidieron que sería mejor que me metiera en la cama, mientras ellos preparaban algo de comer. Una sopa caliente, le sentaría bien a mi desdichado cuerpo. Así hicimos, Alfred me ayudó a subir por la escalera mientras Matilde fue a la cocina a preparar una suculenta sopa, de las que ella sabía hacer mejor que nadie. Por fin hube llegado a mis aposentos, me tumbé en la cama, y Alfred me arropó con la gran manta que la cubría. Lo cierto es que tenía cierta sensación de frío, sentía escalofríos que me recorrían el cuerpo, pero lo que más me intrigaba, era aquella quemadura que había sentido por el rayo de sol; era totalmente imposible aquello. Me encanta pasear por el campo, y sentir la brisa en mi cara mientras cabalgo a lomos de mi blanco corcel. Dejé la ciudad justo para sentir más cerca la vida en el campo, la naturaleza. Aquello me dejó pensativo durante unos minutos, hasta que una campanita sonó a la entrada de la puerta. Alfred estaba allí junto a Matilde, con una bandeja de plata y un gran plato de sopa caliente. Todavía humeaba, así que tuve que decirles que la depositaran sobre mi mesita de noche para que se enfriara un poco antes de tomarla. Aquel caldo olía muy bien, era capaz de averiguar cada uno de los ingredientes; sentía que mi nariz distinguía todos por separado, sin importar su mezcla. Pude apreciar el ajo, las hierbas aromáticas que tanto le gustaba usar a Matilde, y un toquecito de cilantro. Siempre se me hacía muy difícil diferenciar olores y sabores, pero en ese momento, aprecié la sopa con todos los sentidos. Una vez se hubo enfriado, les pedí a los dos que me dejaran a solas mientras cenaba; ya habían hecho suficiente por mi ese día. Ellos obedientemente se marcharon sin poner ninguna objeción, pero yo sabía que no abandonarían la casa, se dedicarían a sus tareas cotidianas hasta que mi salud mejorara un poco.
Una vez se marcharon, me reincorporé un poco, adoptando una postura para tomarme la sopa. Alcancé la bandeja y la posé sobre mis piernas. Cogí la cuchara, llenándola todo lo que pude, y la introduje en la boca. La primera sensación fue de un placentero calor que bajaba por mi garganta, pero se fue tornando cada vez más abrasivo. Sentía fuego. Rápidamente agarré la jarra de agua, y comencé a beber desesperado. Dolía, quemaba, me desgarraba por dentro. No podía entenderlo, la sopa ya no estaba caliente. ¿Qué me estaba ocurriendo?. Pensé que no era buena idea tratar de terminarme aquella sopa después de la primera cucharada, así que dejé la bandeja encima de la mesita, y me dispuse a dormir. Me sentía agotado, dolorido, abrasado. Estaría mejor por la tarde, o eso creía yo hasta ese momento. Apagué la luz, y comencé a soñar...

Fin tercera parte

jueves, marzo 30, 2006

El Sabor de la Sangre (Parte 2)

Una vez abajo, comencé a preguntarme de dónde salió esa valentía para hacer lo que estaba haciendo. Y casi sin tiempo para poderme dar una respuesta que me satisfaciera, noté una pequeña brisa a la espalda, rozándome el cuello. Me giré saltando como un resorte, pero no logré ver nada, todo estaba muy oscuro en la planta baja. Tenía que dar una luz cuanto antes. La valentía de la cual había hecho acopio, se estaba disipando a pasos agigantados. Fui bordeando la pared con las manos, palpando cada centímetro de ella, en busca del interruptor que me sacara de la tenebrosa oscuridad. Por fin di con él, y pulsé rápidamente el mecanismo. Se hizo la luz. El vestíbulo se encontraba solitario. No parecía que hubiera indicios de que alguien hubiera estado merodeando por esa zona de la casa. Fui a la puerta de entrada, para cerciorarme que estuviera cerrada. Cuando me acercaba a ella lentamente, la luz desapareció tan velozmente como había venido al encender el interruptor. Ahora sí estaba realmente asustado. Dentro de mi cabeza solamente era capaz de escuchar los golpes que provocaba mi corazón acelerado. Comencé a temblar sin parar; estaba tan nervioso que no sabía que hacer. Pasaron veinte o treinta minutos antes que pudiera dar un paso. Al final, logré serenarme, y me dije que sería alguna avería del tendido eléctrico. Habían sido una serie de coincidencias, ruidos, corrientes de aire y averías. Una vez más tranquilo y con la respiración más pausada, comencé de nuevo a caminar por el vestíbulo. Cuando me quise dar cuenta, tenía sangre corriendo por mi mano derecha. Había apretado tanto el atizador por el miedo, que me clavé el pincho que llevaba en un lateral. Ahora sí empezaba a doler un poco. Decidí que lo más sensato sería dejar mi búsqueda del intruso ficticio e ir a curarme la herida, que no paraba de sangrar. Logré llegar a la comienzo de la escalera como pude a oscuras. Cuando me disponía a plantar el pie en el primer escalón, noté que algo se abalanzaba sobre mí, no me dio tiempo a reaccionar y me desplomé sobre el suelo. Esto todo lo que recuerdo de esa noche; Al despertar, me encontraba tendido justo donde me desplomé. Ya había amanecido y un certero rayo de sol alcanzaba mi cara. Me dolía todo el cuerpo. Noté que tenía sangre fresca en mi mano, y pensé la herida seguiría abierta, puesto que no me había dado tiempo a llegar a curármela, cuando algo me atacó por la espalda.
Conseguí llegar al cuarto de baño; que allí era donde almacenaba el botiquín de curas y todo tipo de medicinas. Abrí las puertas del armario blanco, y me vi reflejado en el espejo. Tenía la cara completamente blanca, parecía un muerto. Podía ver las venas de color verdoso sin ningún tipo de dificultad. Había perdido mucha sangre. Cuando miré la herida de la mano, había parado de sangrar, se había producido ya costra. Entonces empecé a pensar cómo demonios había sangre fresca en mi mano, si mi en herida había cesado. Observándome fijamente frente al espejo, pude descubrir dos minúsculos puntos rojos en mi cuello que todavía rezumaban sangre. Era mía. Me desmayé..

Fin segunda parte

jueves, marzo 02, 2006

El Sabor de la Sangre

Dong...! Dong...! Dong...! Así hasta doce veces sonó el reloj de pared del salón. Fue justo en la última campanada cuando abrí los ojos. Estaba recostado en el sofá. La copa que tenía en la mano cuando me quedé dormido, yacía en el suelo y el contenido se había derramado por la alfombra de pelo. Todavía se podían ver los hielos del whisky, aún no se habían derretido del todo. Corría una ligera brisa de aire frío, y sonó un golpe seco en la ventana. Sobresaltado giré la cabeza, y vi que la ventana se encontraba abierta, de ahí el frío. Me acerqué a cerrarla y oí un crujido bajo mis pies, cuando miré hacia abajo, pude ver restos de barro en la alfombra. Lo cierto es que me extrañé mucho, puesto que ese día no había pisado la calle como para poder haber ensuciado ahí con mis botas. No le di más importancia, ya que todo parecía estar en orden, así que me di la vuelta y salí de la habitación para ir a dormir a mi cuarto. Según avanzaba por el largo pasillo a oscuras, pude escuchar lo que parecía ser una puerta en la parte de abajo. Ese fin de semana estaba sólo en la casa, y hacía horas que la cocinera había abandonado la casa. Lo cierto es que pensé al principio, que podía ser fruto de mi imaginación, todavía seguía con los ojos medio dormidos del letargo del sofá. De repente, volví a escuchar un golpe como el anterior, y en ese momento sí me sobresalté, aquello no había sido mis fantasías. Me puse muy nervioso, el móvil por aquellos parajes de montaña no tenía ningún tipo de cobertura, y el teléfono común no llegaba aún hasta la zona, por lo que no podía pedir ayuda de ningún tipo. Traté de buscar algo que pudiera servirme de defensa ante el intruso que encontrara. Solamente se me ocurrió coger el atizador de la chimenea, como en tantas películas antiguas había visto. Era muy grande, tuve que sostenerlo con las dos manos. Me sentí por un momento como un gladiador romano en la arena del circo, dispuesto a enfrentarse con su propia muerte, sin temor, mirándole fijamente a los ojos. La situación resultaba bastante cómica. Yo estaba aterrado, con un albornoz de casimir azulón y zapatillas de estar por casa, blandiendo un atizador. Salí del salón, y bajé las largas escaleras de madera. Con cada crujido, mi corazón se aceleraba más y más. Al llegar abajo, parecía que fuera a estallar en mil pedazos. Contuve la respiración. Por fin estaba en la planta baja.


Fin primera parte

lunes, febrero 20, 2006

Larga Noche (Parte 3)

Pasaron dos largas horas de sexo sucio y desenfrenado, donde hubo espacio para todo tipo de posturas y acciones, incluso el uso de algún objeto adicional para la diversión. Sonaron cinco tonos en el reloj del salón, indicando que ya estaba apunto de terminar esa noche de locura, droga y sexo. Entonces Max, fue cuando despertó de su sueño, se levantó del sillón con mucho sigilo para no despertar a las dos chicas, totalmente desnudas, tumbadas a su lado, y subió por la escalera hacia el piso de arriba. Según caminaba por el largo pasillo, pasó delante de un gran espejo, se paró, miró fijamente, y se percató que tenía un gran arañazo cruzándole la cara de arriba abajo. En ese momento, su rostro comenzó a retorcerse y cambiar de color, gruñidos salieron de su garganta. Estaba enfurecido por la herida que le había hecho alguna de las chicas durante el maratón de sexo. Apartó la mirada del espejo, se llevó las manos al rostro, y cuando quitó las manos con los restos de sangre de la cara, lamió toda la sangre que las manchaba. Corrió hacia su habitación, al llegar a la entrada, se paró en seco, miró a su alrededor, y dirigió su mirada enfurecida a la vitrina acristalada del fondo de la habitación. Allí Max guardaba bajo llave unas cuantas katanas artesanales, traídas de sus viajes a Japón, debido a su gran pasión por las armas de filo tradicionales. Se acercó a la vitrina, y giró la llave que la custodiaba. Introdujo las manos con delicadeza y gran cuidado y agarró la de color azul con filigranas de oro. Fue la que trajo de su último viaje. La consiguió de manos de un artesano japonés, que vivía en una cueva, cerca del monte Fuji. Desenvainó la katana, y examinó su hoja, era muy brillante, y delgada como el pelo de un melocotón. Un rayo de luz golpeaba en el filo, y creaba una imagen brillante sobre la pared. En ese momento, Max, sonrió. Tenía los ojos desorbitados, y la mandíbula no paraba de temblar. Su cara estaba de color rojo, y su frente podía verse una gran vena hinchada que terminaba en la ceja izquierda. Estaba totalmente fuera de sí.

Salió de la habitación rápida y silenciosamente. En un momento se encontraba en el salón, totalmente desnudo, con los brazos levantados, blandiendo en alto la katana. Se colocó delante del sillón. De repente se percató de que solamente estaba una de las chicas en él tumbada, faltaba la otra. Tuvo un momento de duda sobre lo que debía hacer, pero no tardó mucho en recuperar el guión de su macabro plan. Fue entonces cuando levantó la katana, echó sus fuertes brazos hacia atrás, y bajando con gran fuerza y decisión, asestó un certero golpe en la mitad de la cabeza de la muchacha dormida. Su cabeza se abrió en dos partes como una manzana, y comenzó a fluir la sangre y salpicarlo todo. Max, tenía su cuerpo lleno de sangre. Se sentía bien, era como un dios, un dios vengador y tiránico. Miró de nuevo el cuerpo ya sin vida, y volvió a arremeter contra él fuertemente, dio varios golpes más, estaba eufórico. Cuando terminó con el último corte, el cuerpo estaba totalmente troceado.

Entonces escuchó el ruido de la cisterna del cuarto de baño, era la otra chica, habría ido a mear después de tanto sexo. Se escondió rápidamente detrás de las cortinas del salón junto con su amada y sangrienta katana, dejando el cuerpo ensangrentado, o mejor dicho, lo que quedaba de él. La segunda chica, abrió la puerta del baño, y fue hacia la cocina. Estaba totalmente dormida y resacosa de la noche anterior. Necesitaba un trago de agua, antes de volver a su dulce y placentero sueño. Llegó a la cocina, y fue directamente a la nevera. Max, salió de detrás de las cortinas y observó toda la acción. La chica se encontraba desnuda, con la puerta de la nevera abierta de par en par, y bebiendo directamente de una botella de leche que se había abierta del día anterior. Le caían gotitas de leche por el cuello, bajando rápidamente hacia sus pechos. Entonces, él apareció en la puerta. Katana en mano, la miró fijamente, y se acercó a ella, que todavía no había notado su presencia, seguía bebiendo leche. Se colocó justo detrás de ella, la agarró de uno de los dos pechos, y ella se sobresaltó por un momento, pero siguió bebiendo. Él, con la otra mano, levantó el arma, la agarro firmemente, y le asestó un gran tajo en el costado izquierdo. La botella de leche cayó instantáneamente al suelo y se deshizo en pedazos. Comenzó a mezclarse la leche con la sangre derramada del costado de la chica. Un gemido salió de su boca, y se desplomó contra el frío suelo. Max la miraba desde arriba, en pié, riendo a carcajada limpia. La cara de la chica era la cara del miedo, estaba totalmente aterrorizada, incapaz de decir nada, simplemente movía los ojos de manera espasmódica. La sangre no paraba de brotar de su costado. Soltó la katana y se abalanzó sobre ella, la violencia y sobretodo la sangre, le habían excitado. Abrió las piernas de la chica y comenzó a penetrarla mientras ella lloraba desconsolada. Cada vez que la oía sollozar, él se excitaba más, y penetraba con más ahínco. Le encantaba el olor y el sabor de su sangre, lamía los pechos ensangrentados de la chica, e incluso llegaba a mordisqueárselos. Justo en el momento en que Max se iba a correr, se levantó deprisa, se colocó justo de pié, encima de ella, y masturbándose, comenzó a correrse sobre la cara de ella. Ya casi estaba inconsciente, después de la cantidad de sangre que había perdido. Cuando hubo terminado de eyacular, cogió de nuevo la katana, la colocó sobre el pecho de la chica, y le realizó un corte que iba desde la garganta hasta el ombligo. Levantó la katana sobre su cabeza, y descargó todas sus fuerzas contra la cabeza de la chica, cortándola en canal. Su cuerpo, dejó de respirar, y su corazón se paró. Max, llevó la katana hacia la pila, y lavó su hoja para limpiarle toda la sangre. Una vez hubo terminado, se dispuso a darse una buena ducha para quitarse toda esa sangre que cubría su cuerpo desnudo. Dejó la katana en el salón, y fue a la ducha. Mientras se duchaba, le vinieron un montón de ideas a la cabeza para deshacerse de los cuerpos que yacían en su casa. Cuando terminó la ducha, se vistió rápidamente, y bajó para deshacerse de los cuerpos. Cogió el de la cocina el primero, puesto que era el que más entero estaba, lo metió en una bolsa plástico grande de la basura, y lo apartó en el salón. Después con otra de las bolsas, fue introduciendo uno a uno los restos ensangrentados del sillón. Introdujo todos los restos, excepto los ojos, pensó que era una buena idea quedárselos como recuerdo de la fulana. Cuando estuvieron las dos bolsas listas, las subió hacia el baño, las introdujo en la bañera, y se dispuso a rociar la bañera con ácido, para deshacer totalmente los cuerpos. Como el proceso duraría varias horas, sería estupendo dejarlo, mientras salía de casa para hacer sus asuntos. Se puso a limpiar los restos de sangre que había por todo el salón y la cocina, lo cual no fue tarea fácil, pero consiguió hacerlos después de un par de horas. Se arregló la ropa, cogió un tarro donde guardó los ojos que había cogido de recuerdo, y salió de casa. Todo había sido una noche perfecta, y por eso, se dirigía pletórico al trabajo. Bajó calle abajo dando un paseo, saboreando el espléndido sol que brillaba, se detuvo en frente de una iglesia, sacó una gran llave, y entró a su interior. Se encaminó hacia la sacristía, una vez allí, abrió la puerta del armario, y depositó el tarro con los ojos. El armario estaba lleno de tarros idénticos con órganos humanos. Cerró el armario. Se giró hacia el pequeño altar que había en la habitación, cogió la casulla que estaba doblada encima, se la puso por encima, y salió de la habitación. Cuando salió, vio que había llegado gente a la iglesia y ya habían tomado asiento. Se fue hacia el altar mayor, levantó las manos, y comenzó la misa...

FIN...

miércoles, febrero 15, 2006

Larga Noche (Parte 2)

Una vez llegaron los tres al coche, una de las chicas preguntó que cuál iba a ser el plan, a lo que él, sonriendo le dijo : "Se hará lo que yo diga, yo tengo la coca, yo mando. ¿Está claro?". La chica asintió esbozando una gran sonrisa mientras saboreaba sus propios labios con la lengua. Estando ya dentro del coche, se dispusieron a ir a casa de Max. Mientras conducía a gran velocidad por las amplias avenidas, una de las chicas, justo sentada donde el copiloto, comenzó a bajar la cremallera de los ajustados pantalones, sacó su polla, y se puso a acariciarlo lentamente. Mientras, la amiga, en la parte de atrás buscaba más droga en su bolso rosa chillón. En un momento dado del viaje, Max estaba tan cachondo con la rubia, que la agarro fuertemente del frágil y delicado cuello, y la acercó a su gran polla, llena de venas y con ganas de seguir la juerga. Ella sacó su larga lengua, le mostró su piercing, y mientras bajaba la cabeza decía: "Va a ser la mejor mamada de tu vida, tío". Y comenzó a subir y bajar rítmicamente mientras Max, apretaba cada vez más fuerte el pedal del acelerador, adquiriendo más y más velocidad. Cuando llegaban al apartamento de Max, ya estaban lo suficientemente excitados para como para dejar el coche fuera del garaje, y dirigirse a la puerta de entrada tocándose los unos a los otros. Una vez dentro, las empujó contra el enorme sillón de cuero negro del salón, y les dijo que subiría a recoger lo necesario para preparar unos tiros, y amenizar la velada. Les ofreció la bebida del mueble bar colocado justamente detrás del sillón. Mientras él subía por las transparentes escaleras de metraquilato, ellas se abalanzaron sobre el bar y se pusieron a prepararse un gran vaso de vodka con zumo de naranja.
Una vez en la primera planta, se dirigió a su habitación, situada al fondo del pasillo. Justo en la puerta, se deshizo de sus botas de cuero como de costumbre, y entró. Se fue directamente hacia la mesita de noche, en el primer cajón era donde guardaba todo tipo de sustancias estupefacientes, y algunas cajas de preservativos. Pero eso no sería necesario esta noche, tal y como él había planeado. Cogió algunas pastillas de éxtasis, su roca de coca, y algo de hierba para poner humo a la actuación. Una vez recogidas las cosas, entró en el cuarto de baño y se desnudó, dispuesto a darse una ducha justo antes de la acción. En su espalda se podía vislumbrar una gran estrella de cinco puntas tatuada, con varios piercings en los vértices. Era un hombre grande y musculado, se podía adivinar que pasaba muchas horas en el gimnasio para mantener ese cuerpo de tal modo. Abrió el grifo, esperó que se calentara lo suficiente, y se introdujo en la ducha. Mientras abajo seguían emborrachándose las chicas, a la espera de que Max bajara con su particular confeti.
No pasaron más de 10 minutos cuando el anfitrión apareció en lo alto de la escalera, totalmente desnudo y las manos llenas de drogas. Las chicas lo miraron fijamente, ambas con la boca abierta ante aquella visión. Le invitaron a bajar, mientras le hacían un hueco en el sillón, apartando cosas de la mesa para colocar las golosinas que él bajaba. Una vez se acoplaron los tres sentados, Max preparó unas rayas, habiendo machacado antes el éxtasis que tenía. Velozmente bajaron las cabecitas las dos chicas, y esnifaron todo lo que les había puesto en la mesa. Ambas se miraron, asintieron con la cabeza y se levantaron al mismo tiempo del sillón. Se colocaron detrás de la mesa, justo frente a Max, y comenzaron a bailar al son de la música que él había puesto cuando llegaron. Bailaban muy pegadas la una con la otra, rozándose constantemente. Entonces, una de ellas comenzó a besar en el cuello a la otra mientras trataba de bajarle la falda. Lo cierto es que no tardaron mucho en quedarse desnudas y empezar a acariciarse por todo el cuerpo. Max estaba realmente excitado ante tal imagen, el éxtasis le había empezado a hacer efecto hacía ya un rato y no podría contener por más tiempo sus instintos más primarios. En ese momento, la imagen que tenía frente a sus ojos, era de dos chicas rubias, totalmente desnudas sobre la alfombra del salón, gimiendo una de ellas mientras la otra le lamía lentamente el clítoris. ¿Qué hombre se resistiría ante tal sueño? Max decidió levantarse y unirse a la fiesta, ya no podía más...

FIN DE LA SEGUNDA PARTE.

martes, febrero 14, 2006

Larga Noche

Noche de luna llena...
Es en las noches de luna llena cuando se despierta la bestia que tenemos en nuestro interior. Se despiertan nuestros instintos más primarios, y las ganas de romper con todo aquello que nos hace más humanos.
Siendo una noche de esas, de luna llena, con la luna roja como la sangre, observándonos muy grande desde el horizonte. Max cogió su coche, un deportivo negro de gran cilindrada, descapotable, y salió de cacería como casi todas las noches de luna llena. Se dirigió a gran velocidad a la zona de copas que estaba de moda, llena de niñatas ricas con móviles de última generación que pagaban sus papás, y mini faldas que dejaban entrever la lencería fina en las que llevaban...
Max, como de costumbre, tiró literalmente el coche sobre la concurrida plaza, mientras descendía lentamente de su vehículo con mirada desafiante. Se encaminó al garito de su amigo Carlos, donde como siempre, encontraría su botella de cerveza bien fría, justo como a él le gusta. Saludó efusivamente a los porteros, mientras se saltaba la gran fila que había para entrar al lugar. Una vez dentro fue directamente al despacho de Carlos, situado en la parte de arriba del bar. Llegó a la puerta del despacho, dió 3 golpes fuertes en la puerta y gritó: "¡Abra la puerta, es la policía, departamento antidroga!". Sabía que a Carlos eso siempre le acojonaba, ya que solía tener grandes cantidades de cocaína en el local para su consumo y distribución. Le dió otro grito para que abriese la puerta, esta vez mientras reía a carcajada limpia. Entonces se abrió la puerta y apareció Carlos, sudoroso y temblando debido a la bromita de su amigo. Max, le agarró fuertemente del cuello mientras le frotaba los nudillos en la cabeza, y diciendo: "¡Otra vez has vuelto a caer, jodido mamón, otra vez. Eres un jodido cagón!". Los dos se echaron a reír y Carlos comenzó a preparar unas rayas de cocaina sobre la mesa de su despacho.
Pasaron largo rato contando las anécdotas de cada uno durante la semana, y al cabo de las 2 horas, Max le dijo que tendría que bajar, ya iba lo suficientemente cargado como para poder follar toda la noche con dos guarras que encontrara en la pista de baile. Se despidieron y bajo hacia la pista de baile. Se acercó primero a la barra, para saludar a su amigo el camarero y le preguntó si había algún fichaje para esa noche. El camarero le señaló a un par de chicas rubias del fondo de la pista. Era difícil no haberse fijado en ellas, por las llamativas transparencias que hacían de sus pechos unos anuncios de neón de carretera. Se acercó a ellas, con la seguridad de los campeones, les dijo un par de frases al oído y ya estaban hechas las dos. Salieron los tres del bar, al poco tiempo, no sin antes haber pasado por el servicio para darse su fiesta privada nasal, tal y como prometió Max.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.